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domingo, 19 de octubre de 2008

Junto al Río

Algunas tardes de domingo, en aquellos meses calurosos en Antioquia, las monjitas preparaban un “paseo de Río”. El plan, ir al Río Grande, en un pueblo llamado EntreRios, ubicado en Antioquia, precisamente en la confluencia de dos Ríos, allí, había un lugar muy sabroso para pasear, con una pequeña playa y donde nadar, jugar, y cocinar.

Bien temprano, al despuntar el alba, preparábamos todo, los fondos, ollas muy grandes, me encantaba pararme al lado, era del mismo tamaño ¡¡¡ Alistábamos alijos con cuchillos, platos, y otras ollas, trajes de baño, y a caminar, sin nada más. Era bastante lejos, pero andando, siempre encontrábamos algún camión viejo que nos llevaba lo más cerca posible, y al llegar al pueblo, de finca en finca, de casa en casa íbamos llenando la olla: papas, plátanos verdes, cebollas, tomates, ajos, yerbas de adobo, achiote, zanahorias, yuca, y gallinas.... había, eso sí, que corretearlas primero, hasta darles buen alcance y llevarlas bajo el brazo, de eso me encargaba yo. De llevarlas, abrazadas.

Ya hacia media mañana llegábamos a la playita, había un viejo árbol cuyas ramas muy largas y gruesas, servían de refugio, allí armábamos toldo donde cambiarnos para meternos en el muy pero muy frío río. En ese entonces, pues con 10 o 12 años, no me importaba. El placer de entrar en el agua fría, corriente, y dejarse llevar flotando por el río abajo un buen trecho, hasta un recodo, allí salía y corría por el prado de nuevo al punto del árbol, y de nuevo, a dejarme llevar, así por un par de horas. Nunca aprendí a nadar, solo a flotar, pero la sensación de sentir el agua corriendo sobre mí, era inigualable.

Mientras, las otras internas jugaban con neumáticos, balones y nadaban de un lado a otro. Se ponía un destartalado radio de pilas con música de carrilera, típica de esta región, música de cantina, de despecho, pero era fabulosa en estas mañanas soleadas. Pronto se sentía el olor del cocido en las grandes ollas, ya habían despachado las gallinas, pelado todo el recado, y el puchero hervía y llenaba el ambiente de un delicioso olor que prometía el mejor de los cocidos al medio día.

En otra olla, hervía café de olla, vieja receta, que no podía faltar en estos paseos, agua de panela, canela, clavo de olor, sidrón, menta, café y un tizón para asentar el cuncho del café, y claro una buena dosis de aguardiente o ron, lo que se hubiese conseguido.

Salía del agua absolutamente helada, tiritando como hoja al viento, y entumida, con la brisa fría y fuerte del lugar, pero llena de esa sensación de vitalidad que solo la naturaleza deja, me cambiaba y me sentaba frente a la enorme fogata, a tomarme una taza de café, humeante, aromático, y que me calentaba como si me tomara el fuego mismo.

Luego ayudaba ha preparar el guiso, picaba la cebolla, ajos, tomates, y aliñaba, y ponía a cocerlo en los tizones rojos, hasta tomar el color brillante y vigoroso. Listo para servir el caldero rugía al fuego vivo, acomodaba las brazas, metía mas leña, la ceniza lo envolvía todo, y aliñaba el caldo.

Se comenzaba a servir, yo tomaba mi plato rebosante, el hambre era tremenda, y aún empapada, buscaba un rinconcito entre las raíces del árbol cerca del fuego, allí comenzaba a deleitar mi comida. Veía pasar el río, el sonido de las fuertes y caudalosas aguas opacaban la música, llegaban de sabrá Dios donde, perros, que se esperaban pacientemente los huesos y sobrados de la gran merienda. Apurabamos todo el caldero, yo repetía, sobre todo caldo con arroz y mucho guiso, luego, pues daba sueño, y era muy placentero dormir cerca de los rescoldos aún humeantes. El reto del grupo regresaba al río, pero en la tarde, el agua era más fría y ya no me me gustaba, además crecía, y me daba temor. Así que me quedaba cerca del fuego, a ver el paisaje, hasta que el sueño me embargaba y el rumor del río me adormecía. Ya cuando comenzaba a caer la tarde, recogíamos todo.

Marchábamos con los primeros arreboles en el cielo, el olor del humo aún en el ambiente, el cansancio del día, pero el alma refrescada, y caminando lentamente hacia la carretera con los trastos vacíos. Íbamos por la orilla de la vía, yo mirando embelesada los colores dibujarse en el cielo, en el horizonte ver salir las estrellas y en el ocaso el sol jugar con las nubes y con pinceladas de colores violetas, índigos, rojizos y algún destello dorado algo tardío. Si teníamos suerte, pasaba algún camión y nos recogía, pero a veces nada. Esperábamos en algún lugar de la carretera, en una manga, a la espera de algún vehículo. El cielo se volvía negro, tachonado de estrellas, la luna, si la había, según la época la veía jugar también con las estrellas, esconderse entre las nubes a iluminarlas como linterna y formar figuras en las sombras. Escuchar los ruidos de la noche, grillos, ranas, búhos, algún gallo despistado de alguna finca cercana, y un muy disimulado rumor de hojas y el río lejano. La noche se llenaba de misterios, de una oscuridad absoluta, que solo se rompía con los destellos fugaces de las luciérnagas que parecían chispas escapadas de la fogata. Finalmente pasaba algún coche que nos llevada de vuelta a Santa Rosa, y allí llegar aletargadas al colegio, a dejar los trastes en la cocina y a caminar pesadamente a la cama, a dormir, con esa suave sensación del agua recorriendo mi cuerpo y flotar a una inmensidad desconocida en la que perdía inconscientemente, y al día siguiente, comenzar la semana escolar, añorando el próximo paseo al río.

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