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jueves, 30 de octubre de 2008

El lazo


Voy camino a la montaña, voy a caminar, a subir, a escalar, alisto mis alijos, algo de comer, bebida, buenas botas, ropa cómoda, mi radio, audífonos, mis cds preferidos, mi libreta de dibujo, mis lápices, sombrero, y emprendo el camino, pero todo se me desliza de las manos, voy liada. Hum. Regreso, comienzo a escarbar en las cajas de la cochera, y encuentro un viejo lazo, algo sucio y de bordes algo raídos, pero se ve firme, y bueno, ato todo con el y funciona, un cómodo paquete a la espalda, las manos libres. Voy contenta. De nuevo emprendo el camino.

Me siento libre del peso, voy llegando al bosquesillo cercano a casa, ahí hay suaves arbustos, no muy densos, se ve el sol, y el pie de la montaña. Es un camino fácil, le he recorrido varias veces en mi vida, desde niña, caminando despacio, voy buscando los viejos árboles que me sirven de guía, de ruta, para llegar a mi rincón favorito a meditar, a escuchar mi música y a dibujar, a solas con la magia de la naturaleza.

Todo es normal, todo va asegurado con el viejo lazo, confío en mis nudos, en mis ataduras, sonrío. Llego a la falda de la montaña sin dificultad, me detengo a observar, y veo algunos cambios, faltan arbustos, las viejas matas de moras están algo secas, hace tiempo no llueve, no hay las jugosas vallas para merendar, hum, me detengo a cubrir sus peladas raíces, parece que el viento las ha ido destapando y se ha llevado con él la humedad que la mantenía, así q cubro con tierra, apilo algunas rocas pequeñas, a modo de protección, espero que en mi próxima subida, la vieja enredadera tenga sus rojos frutos listos para deleitarme.

Voy subiendo algo apesadumbrada, pensando en tantas veces que degusté sentada el producto de ese viejo matorral, de enroscadas y puosas ramas, pero siempre generosa.

De pronto, resbalo, y no se por donde caigo, solo se que voy dando tumbos. Me detengo en el filo del risco, algo me retiene, el viejo lazo, se ha engarzado en unas viejas y sobresalientes raíces y me sostiene firmemente. Uf, que alivio, de nuevo digo, menos mal mis nudos están bien atados. Con lentitud, voy retrocediendo para no soltarme del lazo, y me agarro a las raíces, hasta liberarme y veo que no podré fácilmente. Entonces me siento a pensar, tomo el paquete de mi espalda y con lentitud, tomo la botella de agua, bebo pequeños sorbos, tratando de pensar al tiempo en como subir de nuevo a la falda de la montaña y regresar a casa.

Entonces voy viendo sin casi notarlo el lazo, el viejo lazo, y comienzo a observarlo. Parece un solo cordón, pero no, son cientos , miles de cordoncillos entremezclados formando una firme cuerda, trenzada sobre sí misma una y otra vuelta, y se resiste a moverse de su lugar. Así pasa el tiempo casi sin ver que se acerca el crepúsculo.
El lazo, el viejo lazo ahora me hace notar, cuantas veces creí que sola podría hacerlo todo, que no necesitaba de nadie, de nada, que yo podía valerme sin el apoyo de nadie. Tomo una pequeña fibra suelta y en mis manos se deshace, se rompe, no resiste ni el mas menor tirón. Pero tomo el lazo, y trato de retorcerlo, de deshacerlo, y nada, solo logro lastimarme las manos, así que voy viendo, entendiendo que el lazo es más fuerte que yo, porque el depende de que todas sus fibras estén fuertemente entorchadas en sí mismas y entreveradas una a la otra y así algunas se suelten, todo el lazo resiste las tensiones. Desato los nudos que tan hábil y minuciosamente hice, y con calma, sabiendo que deposito mi vida en el viejo lazo, lo ato a mi cintura, y anudo de nuevo a la vieja raíz con firmeza. Veo hacia abajo del risco, por la vieja pendiente de rocas, es un corto trecho, unos pocos metros, los suficientes para salir de la montaña sobre el anochecer.

Sin titubear comienzo a descender, me voy afianzando en el terreno, sabiendo que si me descuelgo, el lazo me sostendrá. No se cuanto tiempo me toma, bajo, lenta pero firmemente, y llego a terreno seguro. Ya el sol se oculta pintando el cielo con sus arreboles rojizos y tornazulados, con esa luz ceniza y brillante que parece envolverlo todo de misterio antes de sumir en la oscuridad y dejar a la luna jugar con las sombras y el silencio. Pero me doy cuenta, que no puedo regresar ni por mis cosas, ni por el lazo, así que lo desato. Debo dejarlo, allí, colgado, al viento, sabiendo que a la interperie será su fín en cuestión de unos días.

Observo por última vez su textura, miro hacia arriba, el lazo me ha salvado la vida. Cómo unas pocas fibras entrelazadas con tal firmeza pueden hacer tanto, cuando sueltas no resisten nada? Pues ese es su truco, ese es su secreto, estar unidas, una a otra, tan firmemente que no se sabe donde comienzan ni donde terminan.

De regreso a casa, en la penumbra de la tibia noche, voy pensando, yo, tan prepotente en la vida, tan dura, tan seca, tan orgullosa, dejé confiada mi vida en un viejo cordel que estuvo abandonado en la cochera por no se cuanto tiempo. Y ahora, de nuevo abandonado, pero ahora sé que llevo la sensación, que si quiero vivir sin dolor, debo formar la alianza con los demás para salir airosa de las situaciones de peligro, al hacerlo, entonces podré seguir el camino, sin titubear, si confío en el lazo que haga con los demás, podré salir adelante, y caminar libre, sin miedos, sin temores. Y todo, me lo enseñó un viejo lazo.

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