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jueves, 30 de octubre de 2008

El halcón herido


No tendría yo mas de 11 o 12 años, no recuerdo ya. El momento se diluye un poco en el tiempo, pero la experiencia vivida no. Estaba interna en un pueblo de Antioquia (Colombia) en el departamento de donde era mi padre, él ya había muerto hacia un par de años, y allí estaba yo, por juiciosa y obediente. Cuando no estaba en clases, o castigada.... injustamente claro, me la pasaba entre mis animalitos, las monjas contaban con muchos, vacas, terneros, conejos, gatos, cerdos, pollos, peces, canarios, tucanes, perros y de todos ellos yo era su cuidandera, me daban la tarea de llevarles la comida, asear sus jaulas, y eso me encantaba, me sentía felíz con ellos, como me recibían cuando me veían, saltaban, se me atravesaban entre las piernas, o subían a mis hombros; tenía un conejito que crié siendo gazapo, su madre lo rechazó y yo lo crié, así que apenas me veía entrar, salía de la jaula y trepaba a mis hombros y allí se quedaba. A veces luego de terminar, entrando ya la noche, me iba al bosquecito de enormes pinos y eucaliptos, era pequeño, pero para mí era un lugar mágico, comenzaban a destellar los cocuyos (luciérnagas) y mi juego era perseguirlos, jamás logré atrapar ninguno.

Me encantaba sentarse sobre las raíces de un viejo pino, que formaban un pequeño nido donde me resguardaba del frío de Santa Rosa de Osos, un pueblo más alto que Bogotá, frío, inclemente, pero a esa hora, sobre las 6:30 p.m. se llenaba de una suave bruma color carmesí, que me llenaba de vida, me encantaba estaba estar allí en esas horas, a veces llevaba una ruana (manta típica nuestra) y me abrigaba bien.

A esas horas comenzaban los pajaritos a resguardarse en sus nidos, veía cardenales, petirrojos, y muchos que nunca supe sus nombres llegar a sus nidos, subir alto, les tenía nombre a cada uno, ya no los recuerdo. Esperaba con ansias a un viejo búho que se posaba en una rama cercana, parecía que nos pusieramos una cita cada tarde, nunca faltaba, y no se iba al verme; teníamos un silencioso diálogo de solo miradas, quizás por eso me identifico con un búho. Pensaba mucho y sentía muchas preguntas sin respuestas, a veces lloraba allí por mucho rato. Hasta que la noche, era tan densa y fría que debía volver, a cenar y a estudiar.

Una tarde cualquiera, un fin de semana, temprano en la tarde, luego de revisar todos mis animalitos, me fui al bosque y como siempre me recosté, y llevaba las migajas de pan que solía llevarles a los pajaritos. De pronto, escuché un fuerte y lastimero chillido, era un grito de dolor prácticamente, lo busqué y entre la hojarasca encontré un halconcito herido. Me miró con desesperación, le dije, tranquilo, no te voy a hacer daño, cuidaré de ti. Se dejó tomar con cuidado, no movió su afilado pico y sus garras las dejó quietas, le envolví en mi ruana, hacía frío, temblaba, y me fui a la cocina. Allí, había una enorme estufa que se mantenía caliente siempre. Me senté en el suelo tibio y comencé a mirar que le pasaba al halconcito. Me miró y hundió su pico en mi regazo con un fuere suspiro, y cerró sus ojitos, sentía su corazón latir muy rápido. El capatáz llegó y le revisó, le habían disparado un perdigón de sal húmeda, para tumbarlo, era un “deporte” en el pueblo, tumbar los pajaritos así, me dio mucha rabia, pobre, estaba lastimada su colita, pero había alcanzado a volar lo suficiente para llegar al bosque. Con un trapito seco le fui removiendo la sal, luego le pasé un poco de aceite de cocina para restablecer la forma de sus plumitas, él se dejó hacer todo, no se movía, pasé no se cuantas horas en ello, limpiándolo, pluma por pluma, revisé sus alas, le dí de beber agua con un gotero, y todo lo aceptaba, luego se durmió en mis brazos, y yo, le consentía su cabecita, su suave y hermoso plumaje. Me sentía que el mundo no existía a mi alrededor. No merendé esa tarde, no podía, estaba cuidando a mi halconcito. Entrando la noche, comenzó a moverse, tomé sus patitas y extendí sus alas, salimos cerca del bosque, y él iba aleteando, cada vez con mas fuerza, pero aún le faltaban.

Llegamos al bosque, y allí lo intentó de nuevo, extendió las plumas de su cola en un perfecto abanico, de pronto, se voltió y me miró, largo rato y yo lo miré, algo que jamás olvidaré. Y remontó el vuelo, llegó a la rama más próxima y de nuevo me miró fijamente, y se fue, nunca más le volví a ver, pero llevo en mi alma su recuerdo.

Muchas veces pienso en él, en este animalito, un halcón, con garras poderosas, un pico capaz de desgarrar con el filo de una navaja, y no me hizo ni el menor rasguño. ¿Cómo sabía que solo quería ayudarle? Nunca lo sabré, solo sé, que fue una de las más bellas experiencia de mi infancia.

1 comentario:

Arann dijo...

Conmovedor...cuántos signos alrededor nos hablan.además constantemente.

El animalito traía su mensaje...igual que me cuidas...te cuido..no te hago daño..y, entonces, aprende esto para ti misma.

Precioso, gracias Ana

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