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domingo, 28 de diciembre de 2008

Tulipanes

El águila comienza a volar, despliega sus alas doradas dejando una estela de fuego
vuela por el universo sobre las estrellas sin mirar atrás pasa las nebulosas, los planetas el destino está al final del universo el espacio es frio pero no siente nada solo volar, volar y volar, sus alas son muy grandes, fuertes, vuela con los ojos cerrados; sus doradas plumas arden con el roce del espacio donde se vuelven chispas doradas que quedan tras de sí, formando su estela.

El águila debe volar muy alto, lejos, regresar a casa, a las montañas de hielo, a la dimensión azul, al nido de fuego, el águila debe volver a refugiarse en su nido. No hay espacio que contenga el águila en su vuelo, sus alas, su flama al final de su cola rojiza, va quemando el lastre que no la deja volar. El movimiento de sus alas es persistente, aunque duela, aunque arda, aunque su corazón esté destrozado, ella, mi adorada águila seguirá volando por encima de su propia muerte, muerte del ser que la contiene, muerte del hombre que la ata.

El corazón de búho en su interior la hará girar sobre su ser; el delfín la llevará a las profundidades de su inmenso océano interior; el colibrí la alimentará con el néctar de su esencia y al final, el águila dorada remontará al firmamento, con mas fuerzas y bríos, y no habrá nada que la detenga, el dolor desaparecerá y al final de los tiempos y del espacio regresará a casa, con sus amados menonitas, sus dimensiones azules y blancas, su planeta de dos soles, sus nebulosas verdes y su aire dorado. Regresará a casa, tras larga travesía en el tiempo y muchas vidas donde ha sido transmutada, quemada, perdida, y reencontrada.

Sus fuerzas ahora son pocas, pero no su esencia, su alma, volverá a nacer, tras esta muerte injusta, su mirada volverá a traspasar el espacio sin miedo, y pocos podrán resistirla.

El vuelo del águila es en solitario, no caben las bandadas de aves. Son solo su ser interior y su esencia las que le acompañan, por eso se siente tan sola, tan afligida, sus lágrimas dejan escapar su hálito de vida; su dolor, queman su piel, su corazón sangra, pero con cada latir sigue adelante, duele latir, duele sentir, duele dejar de sentir.

El águila está armada a trozos, debe recomponerse y fundirse en una sola pieza, no funciona como está, cada figura rota, cada parte dañada, cada zona dolida, como madre, hija, todo alterado, águila madre, águila hija, águila hechicera, águila druida, águila compañera, águila mujer, todas rotas, cada una por su lado, debe ser una y una que es todos y una que no es nadie; una que rompa el cielo con su vuelo, que rompa el espacio y marque el camino a las demás. Aguila que comandará su bandada por encima del tiempo y del espacio dimensión o estado. Aguila que retoma su forma maya, su esencia egipcia, su naturaleza chibcha, su color atlante, su alma menonita y de la mano de su comandante Ashnar, ira lejos.

Por ahora no compartirá palabras, solo su ver, escuchar, sentir, y aprender. Será el fénix de fuego, fénix de lava ardiente como el centro del universo mismo, como el sol que explota en cada rayo sobre sí mismo, es la constitución del Aguila, el fuego; destructor, purificador, creador, transformador; nada puede resistirse, los débiles serán quemados en su fuego, los que lo resistan, serán transmutados. Su poder no deja a nadie intacto, nadie es igual al roce de su pluma. Pero ahora, se consume en sí misma, por eso, debe ir a volar a su planeta azul y reencotrar su nido de fuego. Ashnar sabrá llevarla, guiarla, llevan tantos siglos juntos, y tan poco tiempo a la vez, fundirá de nuevo su esencia, en calor, con frío, con dolor, con risa, con alegría, amor, el amor que le ha sido prohibido a su forma humana, castigo por volar fuera de su dimensión, por su rebeldía sin límites nadie contiene el fuego sin quemarse y será ésta la prueba del regreso a casa para trazar un camino, una estela en el firmamento que la lleve de nuevo a su dimensión lejana.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Algo se ha roto

Llueve, es pasada la media noche, las nubes ocultan el hilo de luz que es la luna hoy, algunas pocas estrellas se ven entre los pequeños resquicios de la oscuridad. Las sombras, juegan con las formas que la noche oculta. Las farolas de la calle, iluminan las gotas de agua que caen sin cesar, pero sin ruido, parece que ellas no desean ser escuchadas.

Tomo un sorbo de té caliente, y sostengo la taza entre mis manos temblorosas. Las lágrimas que silenciosas escapan de mis ojos, me hacen sentir que aún estoy viva, pero que duele, que duele estarlo. Algo se ha roto. Se oye el crepitar de algo que se resquebraja, parecieran mil copas de cristal caer al suelo, lentamente, pero es solo una, y cae irremediablemente.

Está vacía, pero aún mantiene algo de aroma, de sabor, de ese fino licor que contenía y que fue bebido, el recuerdo de un momento, una canción, una caricia, una palabra de amor, una sonrisa, una lágrima; cada borde está formado en el más fino fuego, templado con la firmeza que dá la confianza en la mano que sostiene la vara y le da forma, al ir soplando suavemente hasta que el candente vidrio toma forma, y se hace una burbuja brillante, transparente, sonora. Se deja moldear, se deja acomodar a lo que el artesano desea y solo él en su corazón sabe cómo ha deseado esa copa.

El fuego, se mantuvo ardiendo con cada encuentro, se afianzó con cada desencuentro, se hizo magestuoso, vibrante, capaz de disolver las mas grandes resistencias. El tiempo no se atrevía ni siquiera a intervenir, para que la maravilla que ocurría, pudiese seguir adelante. El espacio no existía, ese empalme entre la ardorosa flama y el vidrio, generaban por sí mismos su propio tiempo, espacio, distancia, y vivían en un solo momento. El movimiento que se generaba al rozar el borde de la copa al calor, daban esos brillos que refulgían en la noche y hacían que la oscuridad desapareciera. En esos mágicos momentos, el alma no sentía frío.

Pero, una noche cualquiera, la copa se quebró, cayó al suelo y sin que el artesano alcanzara a tomarla entre sus manos, se hizo trizas.

Ahora, él, contempla desconcertado los trozos brillantes, cada uno refleja las llamas que aún arden esperando ansiosas por él, para abrazarlo, para acariciarlo, para susurrarle al oído cuánto le extraña, y qué perfecta pareja formaban.

Algo se ha roto, y las razones por las cuales la copa se quebró, no las conoce nadie, ni el artesano que entre sus manos forjaba este sueño, ni la hoguera que alimentaba con su pasión la forma que surgía de la arena candente.

Ahora, solo hace frío, llueve afuera, las nubes ocultan el brillo de la luna, el tiempo pasa, lento, pausado, marcando cada segundo, cada instante, hoy, borrando el ayer, siguiendo el ritmo del corazón, que late cansado, dolido, y aunque algo se ha roto, aún espero, que el artesano, encuentre un motivo, para volver a forjar una nueva copa.

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