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jueves, 6 de enero de 2011

Las nubes SÍ son dulces

A veces cuando estamos comiendo, mis hijos me preguntan sobre mis dulces o comidas favoritas cuando era niña, sin duda alguna, salta a mi mente el increible olor del algodón de azúcar.  

Ese almibarado olor, su rosado color y su textura cristalina invade mi mente con recuerdos sensacionales.  Aún me parece verme frente a la ventana de la sala de mi casa, con sus rejas blancas y esperando el carrito del algodonero.  Un señor que llegaba infaliblemente con su bicicleta y adosada a ella, la máquina mágica: fabricaba NUBES ¡¡   Al sentir el motor a pocos metros y el campanilleo con que anunciaba su entrada al barrio, era suficiente para que todos los niños saltáramos corriendo, billete en mano a hacer fila para comprar nuestra golosina. 
Cada semana llegaba sin falta, por años lo hizo.  Ritual? claro que sí ¡¡ Un rito lleno de sueños dulces, el solo saber que el fin de semana llegaría con la posibilidad de comer una nube rosada... ya hacía muy apetecido el momento de verlo.  Así que hacíamos la fila, todos gritando y pidiendo UNO PARA MÍ ¡¡ PERO BIEN GRANDE ¡¡

El, pacientemente, tomaba una varita de guadua hábilmente abierta, y comenzaba a envolver. Casi conteníamos la respiración todos, rodeando la máquina viendo como sin saber cómo, surgía como una neblina rosa y un olor que nos inundaba y pintaba en nuestras caras el mismo tono. Armar la bola enorme y suave de algodón, era fascinante y  cuando cada uno recibía su pedido, salir saltando y dando grandes mordiscos era el reto.   Cuando se terminaba una tanda, esperábamos ansiosamente a que sacara de un tarro plástico, una taza y sacara una gran porción de azúcar muy muy rosada, y halaba vigorosamente de una cuerda que le daba nueva vida al motor y entonces, volvían a surgir estos hilos mágicos y a formarse la neblina dulce.
Para mí, era tomar lentamente y desenvolver, si era posible lograrlo, cada capa con la misma delicadeza con que fue tejida… meterla a la boca, estos hilos tan frágiles, rosados, dulces, y dejar que se derritieran suavemente, luego ver cómo iban mis hermanas y tratar de terminar de últimas ¡¡ Pero a veces, era más el deseo de sentir toda esta nube derretirse en mi garganta que la paciencia para esperar y terminar de últimas.

Al final, todas  terminábamos con las caras, las lenguas, los dedos, la ropa, y algún mueble o mancha en la alfombra, pintadas de ese fascinante y vigoroso tono rosa, color  que marcó indeleblemente mi mente y los recuerdos de mi infancia


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