
Caminar por la ribera del río, es algo que me gustaba mucho de niña en los paseos. Observar su cauce, cómo dibujaba su curso en la llanura, o en las montañas, entre curvas y pequeñas cascadas. El sonido, siempre fluyendo, siempre presente.
Ahora, siento que la vida, es como un río. Intenté formar un curso diferente para sus aguas, porque pensé que el amor era ese líquido vital que alimentaría mi desierto, sediento de agua, de vida, de amor. Hice con todo mi esfuerzo, mi alma, mis sueños y esperanzas, una represa donde alojar el cauce del río. Se fue llenando, y parecía estar felíz allí, en mi represa. Día a día se iba llenando, y reverdecía el desierto, crecieron flores, crecieron árboles, dieron frutos, había vida, habían esperanzas, ilusiones, sueños, planes.... pero olvidé la presa, olvidé cuidar el nivel, y lo que es peor, olvidé, que al río, no se le detiene.
Me desbordó, arrasó con toda su fuerza mi pequeña muralla, y volvió a fluir, lejos de mí, se llevó todo consigo, y ha quedado de nuevo la tierra desnuda, llena de escombros y sin nada en pie.
Nunca, por mas que se intente se puede detener al río, menos al amor, que sigue su curso, sin importarle nada. Sepulta lo que estaba arriba, arrasa con lo que había débil, cambia la geografía a su antojo, y lo que estaba en frente, se lo lleva inevitablemente. Y no importa si eres, si estás, simplemente, al río no le importa.