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domingo, 21 de abril de 2013

Historia de un gorrión

Historia de un gorrión
Cuando era estudiante, en casa teníamos un antejardín con enredaderas donde vivían varios gorrioncillos, o copetones, como se les conoce comúnmente en Colombia.
Siempre nos ha gustado alimentar a las aves y que vivan libremente, no en jaulas, y esto nos ha permitido tener historias
muy simpáticas con muchas de estas avecillas. Una de ellas, era "ocho", el pajarillo regordete.
Nació más o menos en abril o mayo, entre una de las enredaderas llamada Manto de María, cuyas florecitas blancas inundaban de un dulce aroma la entrada. El pronto se acostumbró a vernos pasar y sus padres a esperar a que pusiera comida en la ventana de mi habitación. Generalmente comen por rango: los padres y luego le dan al bebé, y cuando ya está volantón, lo llevan y le enseñan a comer.
Ocho, así le pusimos, porque era regordete y parecía un 8, muy pronto descubrió que comer y dormir sobre el alpiste, tenía enormes ventajas. No debía volver al nido por agua y comida, sino, acomodarse en el comedero y tenía todo a su disposición.

Esto enojaba mucho a los demás habitantes y visitantes del jardín. Con frecuencia escuchaba una algarabía enorme cuando lo sacaban a picotazos y trataban de echarlo del lugar. Para remediar la situación y proteger a ocho, puse otro comedero y asunto resuelto.

Pronto su cuerpito, pasó a ser más gordito, y era muy simpático. Como era de esperarse, sus padres le sacaron del nido y comenzaron otra puesta, así que él ni corto ni perezoso, buscó el lugar más cercano a mi ventana, y así, entre la ramada de las higueras, armó su propio nido y seguía con su rutina diaria de levantarse, bañarse y dormir sobre el alpiste.

Cuando se acababa la comida, comenzaba a golpear la ventana con el pico, como diciendo: "ey ¡se acabó el alpiste!". Y claro, la misión era de nuevo su aprovisionarle de alimento.

Hacia final del año, apareció con una bella pajarita, y armaron su propio hogar, trayendo hacia inicios del año, dos hermosos bebés, igual de regordetes, pero ellos no aprendieron a dormir sobre el alpiste.
Ocho lo hizo, hasta que no volvió nunca más, pero su recuerdo siempre estará en mi corazón.

miércoles, 4 de enero de 2012

La mariposa y la araña




En los albores del 1 de enero de este nuevo año, en una mañana radiante en el pueblo donde vive mi mamá, con un sol brillante, calientito, y ese olor a montaña que baja por la loma e invade el jardín de la casa de mi mamá, lejos del bullicio y la contaminación de todo tipo que hay frente a mi apartamento en Bogotá, salí con mi cámara a tomar fotos de las flores como siempre hago.


En ello estaba absorta cuando vi una mariposita de color verde amarillo muy claro con vetas negras revoloteando entre el follaje y me puse a seguirla con la cámara lista a ver si se posaba en algún lado y lograba captar sus alas… de pronto, entre las ramas de un arbusto de flores rojas, la vi sacudirse con frenesí. Noté un hilo de araña, solo un hilo… y estaba como a dos metros de distancia, así que pensé que alcanzaría a soltarla antes que llegara la araña… pero no, cuando estuve a pocos centímetros, vi a la araña de un verde muy claro ya posada sobre la mariposa afanosamente haciendo su labor: ya la estaba picando, inyectándole su veneno y esperando a que dejara de aletear.


Una vez estuvo paralizada, comenzó a envolverla cuidadosamente entre sus patas y el hilo que las sostenía y a subirla. Yo solo podía pensar… vaya, un “mariposidio” pero a la vez, agradecí la oportunidad de ver algo que en la ciudad no se ve fácilmente: la vida y la muerte en la naturaleza obra de forma perfecta. Mientras esta mariposa daba su vida seguían revoloteando muchas más a mi alrededor, similares a ella, otra naranja con negro, otra café con amarillo y negro, otras pequeñas de colores muy sutiles, casi transparentes y muchos insectos más, abejas que afanosamente cubrían sus patas con todo el polen de tantas flores.


Finalmente, la arañita puso debajo de una hojita su mariposa paralizada e inerte ya y supongo yo, se retiró a descansar hasta la noche que volviera a salir a tejer su hilo.


Vi muchas telas tejidas cuidadosamente entre otras ramas de los otros arbustos, entre las cercas, y algunos arbolitos, pero muy difícilmente encontrar un solo hilo tendido cuidadosamente esperando…


Le mostré las fotos a mi sobrino biólogo, y claro, inmediatamente nos dio la explicación de la familia de la araña, innombrable para mí jajajajaja, y que su particularidad es esa, no teje toda una intrincada tela, sino el solo hilo, y se camufla perfectamente entre las hojas claras del arbusto que haya escogido haciéndola casi invisible ante la vista de pajaritos u otros insectos depredadores.


Al hablar con mi hija, que se sintió apesadumbrada por la mariposita, le pude explicar que ese es el equilibrio de la naturaleza: la vida y la muerte siempre van juntas, pero aquí, es lo justo, la necesaria para dar más vida, el control ambiental y lo que hace que siempre se vea el jardín lleno de pajaritos, flores, aromas, y colores. Entonces entendió y se fue a perseguir otras maripositas que aún revoloteaban afanosamente buscando néctar y sin inmutarse ante nuestra presencia.


Vida y muerte: equilibrio justo y necesario, la naturaleza es más sabia e inteligente que quienes nos decimos seres superiores. Belleza inigualable entre la agonía de la mariposita y la habilidad de la araña, pocos minutos, esfuerzos recompensados, y sin mayor alboroto… la vida continuó… otro día
más…
Posted by Picasa

domingo, 18 de septiembre de 2011

Sara cantando




Es la primera vez que Sara canta en público. El evento, la fiesta anual del colegio, ante las familias.


Se presenta con dos compañeritas, cantando a dúo y la otra al piano. El orgullo que sentí y mi familia al verla ahí parada, con mucha propiedad cantando sin que le temblara la voz, sin desafinar y muy segura de sí misma, aunque varios días antes estuviera tan ansiosa que anoche casi no durmió y parecía una mariposa revoloteando por todos lados.

Este logro, para ella es enorme, pues es demostrarse y demostrarle a todos, que una disminución auditiva resulta con un adecuado audífono, terapias e incentivos, no es ninguna limitante para lograr lo que se desea, y ella, llegó a la presentación por pasar la audición entre muchos niños más.  

Una prueba más que la hipoacusia puede ser resuelta de maneras integrales, cuando se buscan las soluciones, y el canto, suple las terapias de lenguaje que por diferentes circunstancias, no ha podido tener en el último año en la forma adecuada.  

El fortalecimiento a su autoestima no lo podremos medir aún, pero sin duda alguna, veremos los logros en corto tiempo.

Te amo hija mía, y tú eres quien me enseña a escuchar entre tus risas, tus cantos y tu hablar sin fin. 

sábado, 3 de septiembre de 2011

La última tormenta




En la vida vamos viviendo muchos momentos difíciles. Por costumbre, contamos las tormentas que llegan, pues su incidencia es tan fuerte, que su paso deja escombros y todo revuelto,  no recogemos ni limpiamos el área, lo que hace que la siguiente tormenta levanta aún más revuelo. 

Generalmente ignoramos las señales, pues estamos concentrados en otras cosas menos importantes y aquellos signos que predicen la tormenta, los pasamos por alto.

Hace poco, en medio de un paseo mágico, a la llegada de El Refugio, lugar de ensueño en las laderas de la cordillera central, rincón clima tibio, brisa fresca, aroma a montañas, rodeado de palmeras, plantas y flores de vivos colores, en medio del trinar de los pajarillos y el bullicio del reencuentro de amigas de antaño, mi vista se posó en el horizonte donde las montañas dibujaban su silueta entre nubes, rayos de sol y un cielo azulado. 

El viento me trajo un olor conocido: a tormenta, al divisar las nubes, de un gris azulado intenso, pude observar cómo se veía el aguacero intenso caer desde las nubes y el frente de la tormenta se dibujaba con brillos blanquecinos, pequeños trozos gris pizarra se desprendían a la velocidad con que avanzaba hacia nosotras, y los rayos y truenos comenzaban a anunciar su cercanía, brillos que mostraban siluetas suaves, pero densas.

Esta tormenta presentaba características diferentes a las que estoy acostumbrada a ver en la ciudad: el mismo hecho de estar en medio de estas montañas, lejos de edificios, ruido de carros y calles, hacía que ya fuera especial.  La brisa fría pero refrescante, el brillo intenso del cielo, lleno de esas pequeñas chispas de luz que hacen que no se pueda mirar al horizonte  sin cerrar los ojos un momento.   








Avanzaba a gran velocidad y ya casi sobre la falda de la montaña, se perdió la vista y solo se observaba ese espectáculo de nubes danzantes, entre blancos y grises, azul cenizo que con el fulgor de los truenos, anunciaba su pronta llegada.  Entre risas y carreras, las grandes gotas de lluvia nos hicieron entrar  a la casa.  


 El refugio como bien lo dice su nombre, se volvió un bullicio de voces cantando, contando anécdotas de juventud, el olor a café recién hecho, hacía que por momentos distrajera mi atención del espectáculo que la naturaleza me ofrecía afuera.  Me asomé al balcón y desde el barandal podía observar cómo se descargaba con toda intensidad el agua a nuestro alrededor.  Sonaba el tejado como una batería armónica y constante, un ritmo que solo la lluvia sabe tocar.  En el canal, se deslizaba el agua y caía en un sonoro chorro sobre el borde de la casa y cuando más fuerte parecía que llovía, más claras se tornaban las nubes. 


Del mismo modo en que se formó, se disipó. La diferencia, fue la claridad que quedó al final. Comenzaron a subir de entre las montañas, nubes blancas, suaves, como copos de algodón. El pasto olía a fresco, de las ramas de los árboles aún caían las cristalinas gotas y los pajarillos trinaban a voz en cuello con todas sus fuerzas.  Todo tenía un nuevo brillo, el ocaso comenzó con una tarde limpia, un cielo donde las nubes comenzaron a danzar en grupos como si los ángeles hubiesen bajado a jugar con ellas y a formar figuras graciosas.
 
Los truenos dieron paso al trino de las mirlas, al chirrido de los grillos y al croar de las ranitas, y en medio de esta danza, el sol se ocultó mientras dibujaba sus anaranjados y dorados tonos arreboles rojizos entre las nubes.   Las estrellas comenzaron a brillar tenues, tímidas y un viento frío, me hizo refugiarme en el interior de la casa.  

Allí, el calor provenía no de una chimenea, sino de la amistad.  Comenzamos a contar nuestras historias, y cada una, iba contando cómo fueron estos últimos años de aprendizaje, alegrías, tristezas y añoranzas.  Lecciones de vida sin duda alguna, vividas con muchas diferencias y semejanzas. 

En medio de tantas experiencias, surgieron testimonios del infinito amor de Dios en cada una y fueron sacudiendo en mi interior todo el dolor acumulado por años. Se presentó entonces, mi propia tormenta y al igual que la que había fotografiado, las nubes negras comenzaron a chocar, a moverse y a descargar entre lágrimas y palabras entrecortadas, todas esas situaciones represadas.  Sentir a mis amigas, como las montañas imbatibles a mí alrededor, como las ramas de los árboles que se mecían suavemente para rozarme y hacerme sentir que a pesar de la tormenta, estaban allí y nada las alejaría.  Finalmente, comenzó a salir esa luz que tanto buscaba en otros lugares, y que siempre estuvo allí, en mi corazón, de la mano de la Madre Auxiliadora y de ese Padre que amoroso siempre se hizo sentir y esa tarde, más que nunca. 
 
Al igual que en la tarde el sol iluminó el panorama haciéndome observar muchos detalles maravillosos, comencé a observar entonces entre las palabras de mis amigas, esos mismos destellos de que Dios obra con sutilezas, palabras, risas, abrazos y encontré en las manos y consejos sinceros, la fuerza para dejar que la tormenta finalmente limpiara mi alma de todo lo que le oprimía.  Despejar el espacio y dejarlo inundar de la palabra divina, hizo que el miedo al vacío que siempre me doblegó, se tornara en confianza, ya que entendí que jamás se estará vacía porque simplemente, Dios está allí. 

Gracias a esta última, especial y fuerte tormenta, puedo decir que he renacido de entre los nubarrones, y comienzo a ver a la distancia con claridad.   Gracias a mis amigas, a mis compañeras de juventud,  a Dios, a María Auxiliadora, por la gracia de formar parte de una comunidad sólida, sincera, por un día más para aprender a vivir y sonreír. Por las experiencias vividas y las lecciones aprendidas y con la certeza, que cuando llegue la próxima tormenta, estaré lista para dejar que la lluvia despeje el lugar de aquello que no debe estar.   


Ana Cris, 20/08/2011

jueves, 6 de enero de 2011

Las nubes SÍ son dulces

A veces cuando estamos comiendo, mis hijos me preguntan sobre mis dulces o comidas favoritas cuando era niña, sin duda alguna, salta a mi mente el increible olor del algodón de azúcar.  

Ese almibarado olor, su rosado color y su textura cristalina invade mi mente con recuerdos sensacionales.  Aún me parece verme frente a la ventana de la sala de mi casa, con sus rejas blancas y esperando el carrito del algodonero.  Un señor que llegaba infaliblemente con su bicicleta y adosada a ella, la máquina mágica: fabricaba NUBES ¡¡   Al sentir el motor a pocos metros y el campanilleo con que anunciaba su entrada al barrio, era suficiente para que todos los niños saltáramos corriendo, billete en mano a hacer fila para comprar nuestra golosina. 
Cada semana llegaba sin falta, por años lo hizo.  Ritual? claro que sí ¡¡ Un rito lleno de sueños dulces, el solo saber que el fin de semana llegaría con la posibilidad de comer una nube rosada... ya hacía muy apetecido el momento de verlo.  Así que hacíamos la fila, todos gritando y pidiendo UNO PARA MÍ ¡¡ PERO BIEN GRANDE ¡¡

El, pacientemente, tomaba una varita de guadua hábilmente abierta, y comenzaba a envolver. Casi conteníamos la respiración todos, rodeando la máquina viendo como sin saber cómo, surgía como una neblina rosa y un olor que nos inundaba y pintaba en nuestras caras el mismo tono. Armar la bola enorme y suave de algodón, era fascinante y  cuando cada uno recibía su pedido, salir saltando y dando grandes mordiscos era el reto.   Cuando se terminaba una tanda, esperábamos ansiosamente a que sacara de un tarro plástico, una taza y sacara una gran porción de azúcar muy muy rosada, y halaba vigorosamente de una cuerda que le daba nueva vida al motor y entonces, volvían a surgir estos hilos mágicos y a formarse la neblina dulce.
Para mí, era tomar lentamente y desenvolver, si era posible lograrlo, cada capa con la misma delicadeza con que fue tejida… meterla a la boca, estos hilos tan frágiles, rosados, dulces, y dejar que se derritieran suavemente, luego ver cómo iban mis hermanas y tratar de terminar de últimas ¡¡ Pero a veces, era más el deseo de sentir toda esta nube derretirse en mi garganta que la paciencia para esperar y terminar de últimas.

Al final, todas  terminábamos con las caras, las lenguas, los dedos, la ropa, y algún mueble o mancha en la alfombra, pintadas de ese fascinante y vigoroso tono rosa, color  que marcó indeleblemente mi mente y los recuerdos de mi infancia


sábado, 27 de marzo de 2010

Infidencias de un nuevo vecindario






He recordado a mis "co-inquilinos" ... cuando llegué a este piso nuevo hace dos meses, solo veía una que otra pluma. Al acomodar ya todo en el patiecito, y poner flores y plantas, pues comenzaron a bajar 4 torcazas, una especie de palomita más pequeña...  y algunos gorrioncillos, así que resolvimos con mis hijos, ponerles algo de comer y beber, así que compramos alpiste, algo de granos molidos, y en unos platos plásticos.... y ha comenzado el show ¡¡ un palomo, dos palomas, un pichón, y zas, las peleas, el bebé se hace a un lado y ha resuelto apoderarse del baño del patio, donde no lo picotean.... el palomo, ha resuelto apoderarse del PATIO ¡¡ no deja arrimar a nadie, la palomita, se hace la loca y come del piso en donde este sinvergüenza termina dejando la comida, por andar de buscapleitos... jajaja, pero ah que el bebé quiera comer, le caen los tres al tiempo ¡¡¡ y el gorrioncillo, espera paciente en el alfeizar del muro.... mira y mira... y cuando y que están agarraos desplumándose, y descuidado el plato de la comida, baja, se llena el buche y se va como quien no es el asunto con él... de pronto, todos se calman, comen el reguero que han armado, y el palomo, se acurruca dentro de la comida a dormir.... alguna duda de quién es el que manda? jajajajajaja 

Cuando se repone de su siesta, le da la perseguidera, y la paloma se hace la loca... a veces, le saca la piedra, se voltea y le da su picotazo, que intenso este tipejo ¡¡¡ será que no entiende que si lo ignora es que no quiera NADA DE NADA???? ella sigue llenándose el buche fingiendo que el personaje no existe, él, se pavonea, alborota el buche... reluce sus plumas verdetornasol, y ella... "jum,... conmigo no es" jajajajaja, el pobre anda y anda tras ella y ella paquí y pallá y na de na... ni el cuarto de hora le dá al pobre... luego se va y lo deja... todo buchipluma y aburrido ¡¡¡¡ En esos momentos, aprovecha el bebé para comer a toda míchica antes que lo vuelvan a zumbar jajaja.

Claro, el resultado es el reguero de plumas todos los días, sus excrementos, y la bulla cuando pelean entre sí. Muy divertidos, es decir, en solo un mes, tengo 5 pajaritos... vienen, hacen lo suyo, ya hasta son descaraditos, se ponen en el filo del muro, o en el tendedero de la ropa a esperar a que se les ponga más comida.... por mí está bien, me encanta verlos, a veces, están todos en paz, los 5 o 6, baja otro gorrioncillo de vez en cuando... y oirlos trinar, sin tener que tenerlos en jaulas... eso es hermoso. Además, ya no tengo que botar los desperdicios de arroz ni las migas del pan... no dejan ni media jjjjj.

Hoy descubrimos el plato del baño lleno de comida, plumas.... y ellos felices durmiendo en el calorcito de las baldosas del patio... pero por siacas... procuro dejar la ropa blanca bajo las tejas jajajaja Bueno... infidencias de un nuevo vecindario





sábado, 13 de junio de 2009

El lazo



Sab 26 May, 2007
El lazo

Voy camino a la montaña, voy a caminar, a subir, a escalar, alisto mis alijos, algo de comer, bebida, buenas botas, ropa cómoda, mi radio, audífonos, mis cds preferidos, mi libreta de dibujo, mis lápices, sombrero, y emprendo el camino, pero todo se me desliza de las manos, voy liada. Hum. Regreso, comienzo a escarbar en las cajas de la cochera, y encuentro un viejo lazo, algo sucio y de bordes algo raidos, pero se ve firme, y bueno, ato todo con el y funciona, un cómodo paquete a la espalda, las manos libres. Voy contanta. De nuevo emprendo el camino.

Me siento libre del peso, voy llegando al bosquesillo cercano a casa, ahí hay suaves arbustos, no muy densos, se ve el sol, y el pie de la montaña. Es un camino fácil, le he recorrido varias veces en mi vida, desde niña, caminando despacio, voy buscando los viejos árboles que me sirven de guía, de ruta, para llegar a mi rincón favorito a meditar, a escuchar mi música y a dibujar, a solas con la inmesidad de la naturaleza.

Todo es normal, todo va asegurado con el viejo lazo, confío en mis nudos, en mis ataduras, sonrío. Llego a la falda de la montaña sin dificultad, me detengo a observar, y veo algunos cambios, faltan arbustos, las viejas matas de moras están algo secas, hace tiempo no llueve, no hay las jugosas vallas para merendar, hum, me detengo a cubrir sus peladas raíces, parece que el viento las ha ido destapando y se ha llevado con él la humedad que la mantenía, así q cubro con tierra, apilo algunas rocas pequeñas, a modo de protección, espero que en mi próxima subida, la vieja enredadera tenga sus rojos frutos listos para deleitarme.

Voy subiendo algo apesadumbrada, pensando en tantas veces que degusté sentada el producto de ese viejo matorral, de enroscadas y puosas ramas, pero siempre generosa.

De pronto, resbalo, y no se por donde caigo, solo se que voy dando tumbos. Me detengo en el filo del risco, algo me retiene, el viejo lazo, se ha engarzado en unas viejas raíces y me sostiene firmemente. Uf, que alivio, de nuevo digo, menos mal mis nudos están bien atados. Con lentitud, voy retrocediendo para no soltarme del lazo, y me agarro a las raíces, hasta liberarme y veo que no podré fácilmente. Entonces me siento a pensar, tomo el paquete de mi espalda y con lentintud, tomo la botella de agua, bebo sorbos lentamente, tratando de pensar al tiempo en como subir de nuevo a la falda de la montaña y regresar a casa.

Entonces voy viendo sin casi notarlo el lazo, el viejo lazo, y comienzo a observarlo. Parece un solo cordón, pero no, son cientos , miles de cordoncillos entremezclados formando una firme cuerda, trenzada sobre sí misma una y otra vuelta, y se resiste a moverse de su lugar. Así pasa el tiempo casi sin ver que se acerca el crepúsculo.

El lazo, el viejo lazo ahora me hace notar, cuantas veces creí que sola podría hacerlo todo, que no necesitaba de nadie, de nada, que yo podía valerme sin el apoyo de nadie. Tomo una pequeña fibra suelta y en mis manos se deshace, se rompe, no resiste ni el mas menor tirón. Pero tomo el lazo, y trato de retorcerlo, de deshacerlo, y nada, solo logro lastimarme las manos, así que voy viendo, entendiendo que el lazo es más fuerte que yo, porque el depende de que todas sus fibras estén fuertemente entorchadas en sí mismas y entreveradas una a la otra y así algunas se suelten, todo el lazo resiste las tensiones. Desato los nudos que tan hábil y minuciosamente hice, y con calma, sabiendo que deposito mi vida en el viejo lazo, lo ato a mi cintura, y anudo de nuevo a la vieja raíz con firmeza. Veo hacia abajo del risco, por la vieja pendiente de rocas, es un corto trecho, unos pocos metros, los suficientes para salir de la montaña sobre el anochecer.

Sin titubear comienzo a descender, me voy afianzando en el terreno, sabiendo que si me descuelgo, el lazo me sostendrá. No se cuanto tiempo me toma, bajo, lenta pero firmemente, y llego a terreno seguro. Ya el sol se oculta pintando el cielo con sus arreboles rojizos y tornazulados, con esa luz ceniza y brillante que parece envolverlo todo de misterio antes de sumir en la oscuridad y dejar a la luna jugar con las sombras y el silencio. Pero me doy cuenta, que no puedo regresar ni por mis cosas, ni por el lazo, así que lo desato. Debo dejarlo, allí, colgado, al viento, sabiendo que a la interperie será su fin en cuestión de unos días.

Observo por última vez su textura, miro hacia arriba, el lazo me ha salvado la vida. Cómo unas pocas fibras entrelazadas con tal firmeza pueden hacer tanto, cuando sueltas no resisten nada? Pues ese es su truco, ese es su secreto, estar unidas, una a otra, tan firmemente que no se sabe donde comienzan ni donde terminan.

De regreso a casa, en la penumbra de la tibia noche, voy pensando, yo, tan prepotente en la vida, tan dura, tan seca, tan orgullosa, dejé confiada mi vida en un viejo cordel que estuvo abandonado en la cochera por no se cuanto tiempo. Y ahora, de nuevo abandonado, pero ahora sé que llevo la sensación, que si quiero vivir sin dolor, debo formar la alianza con los demás para salir airosa de las situaciones de peligro, al hacerlo, entonces podré seguir el camino, sin titubear, si confío en el lazo que haga con los demás, podré salir adelante, y caminar libre, sin miedos, sin temores. Y todo, me lo enseñó un viejo lazo.

El paseo

24 May, 2007

Voy en uno de mis paseos favoritos, caminando descalza por la playa, sintiendo la brisa matutina y cálida llenarme de energía, prefiero las horas donde despunta el alba, hay magia, hay algo que me envuelve, me atrae, el silencio, el olor, el amanecer.

Tiene algo, colores, sueños, ilusiones por descubrir.

Hay un viejo rincón de la playa que me encanta, es un suave terreno ondulado, sube una colina levemente inclinada y el mar se mete tan suave, arma un pequeño remanso donde puedo jugar con mis piel descalsos, mecer el agua ver como se escabulle entre mis dedos, me puedo sumergir a placer, y ver como al quedarme quieta, se calma la superficie.

De pronto, sale tenuemente el sol, y a la distancia, se forma un brillo casi encegecedor, parece un cristal, uno de mil colores y mil facetas, quedo ensibismada, me da hasta miedo respirar porque temo romper el encanto, es fugaz, es un momento eterno y frágil, la superficie del mar parece entender la importancia del momento y se queda en calma, las olas apenas si se mecen, las crestas, atrapan ávidas los colores que refulgen de este cristal.

Pasa, queda un color, queda una visión, y con ella, emprendo el regreso a casa. Hoy veo el día con ese color, pero pensando siempre en ese cristal.

Al final del día, prometo regresar al amanecer, y así, voy día a día, cada mañana, al despuntar el alba, y cada día, es una faceta nueva, un color nuevo, con el tiempo, voy con la pregunta.... cuál faceta veré hoy? cuál color tendré ?

Voy entendiendo, que el día me dá el cristal para ver una faceta nueva, y voy tratando de ver si es posible que se repitan, y no, no es posible.

Una mañana, como siempre, voy camino a mi remanso, quizas un poco más de prisa que de costumbre, y de pronto, veo que ha pasado el momento, he perdido el cristal de hoy, he perdido la faceta de hoy, el color, la ilusión. Regreso apesadumbrada, recriminándome por no haberme ido a tiempo, no me doy cuenta que voy llorando.

En el camino, me encuentro con un niño q busca caracolas de colores, y me dice, porque lloras? le digo, - hoy perdí mi cristal de colores para ver el sol,
y me dice con una sonrisa y un brillo en sus ojos... - No, ahí está ¡¡¡
- no puede ser, perdí el momento del alba, solo se vé en ese instante,
- no, -y toca mi rostro con sus manitas suaves, llena de arena-, mira, está aquí, está en tus ojos.

Quedo perpleja, en mis ojos ?
- si, el cristal brilla con la luz del sol en tus ojos, y ves solo el color que tu quieres ver, para verlos todos, solo deja que gire y brille en sus mil facetas, podrás ver entonces que todo a tu alrededor tiene brillo, color, sabor, olor e ilusión. Mira, - me muestra sus bolsillos llenos de conchitas... cada una es diferente, pero para mi padre, todas son iguales para mi madre, son basura, para mí, son tesoros, para tí, el color del sol al amanecer, son tus juegos, busca ese cristal de colores y de mil caras dentro de tí, no le des al sol un solo color, tus lágrimas brillan con mil destellos, y una gota entre sus deditos brillaba como un diamante, con mil rayos fulgurantes que se deshicieron al calor de su piel

Vaya lección aprendí hoy, si quiero ver la vida con colores, debo mirar el cristal de las mil facetas como si fuera una, no mirar cada una en forma independiente, porque así, solo veré lo que yo quiero ver y dejaré de ver lo que quiero ver. No puedo llorar porque una faceta no la veo, siempre habrá el momento oportuno para ver cada una y todas en el fondo de la sonrisa de un niño y en el brillo de una lágrima

jueves, 23 de abril de 2009

En una gota de lluvia


En una gota de lluvia
Mi alma condensa mis lágrimas,
En un soplo de brisa de primavera,
Mi ser libera mis penas,
En un suspiro profundo
Mi alma retoma el aliento,
En una ráfaga de viento,
se eleva al cielo
aquel triste sentimiento
que a mi corazón apagó.

En una gota de lluvia,
llega la esencia de la vida nueva,
donde ya no habrán llantos,
ni preguntas, ni reclamos.

El agua fría
al correr por mi piel,
barrerá aquel dolor
aquella amargura y
todo el silencio.

El agua fresca
llenará de suave rocio
y fertilizará de nuevo la tierra,
que el dolor ha arado y removido
de toda aquella maleza
y las raices que ha dejado la tristeza

Como suaves cascasdas
el agua comienza a fluir
y poco a poco va removiendo
todo el lodo
que el tiempo acumuló

En una gota de lluvia,
está el final
y contiene
el nuevo renacer

La mirada del búho



28-12-08

Soy tu búho interior, aquel que todo lo puede mirar sin temor, estoy dentro de ti y no me has visto, pero yo sí a ti. Conozco tu interior, conozco tu fuerza, conozco tu esencia, y te he de traer aquí, a mi lugar. Traeré tus ojos hacia mí, hacia ti, a tu interior, las respuestas que buscas están aquí. En el centro, en el universo mismo que constituye tú ser interior.

Tu conexión con tu ser supremo se ha roto, por miedos, por temores, por dudas, por malos amores y por egos. Apegos, como les llaman, que no es otra cosa que la necesidad de sentirte parte de algo, de un proceso de aceptación que es equivocado a tu naturaleza libre. No puedes mirar ni buscar en otros lo q está dentro de ti por natura, por derecho propio. Pero el temor con q has sido criada, hace q huyas de ti misma, no te reconoces porque no te enseñaron a amarte sino a sufrirte, a aceptar que viniste a sufrir para ganar la aceptación de tu familia, de la sociedad y de Dios.
Quién ha dicho que tu estructura está dada por los demás? Es una careta, una máscara, una faceta que oculta tu verdadero rostro. No te reconoces porque no te has visto, para ello, debes eliminar cada máscara que tienes, cada gesto impuesto o creado por seguir el juego del momento, en contra de tu sentir, de tu vivir, de tu pensar. Has dejado dominar tu interior por la mente, ésta controla hasta el brillo de tu mirada, el tono de tu voz, todo en ti, no está libre tu ser dentro de ti, está enjaulado. Recuerdas hoy mis alas extendidas mirándote de frente? Esa eres tú, así, libre, poderosa, y con la capacidad de ver 360 grados dentro de ti. Pero has de hacerlo, así tengas miedo, así temas romper tu interior mas de lo que crees está.

Debes mirar cada rincón, y observar, verás que tienes muchas cosas que remover, no te servirá sacar algunas, deberás remover todo. Tus sentidos, tus amores, tus tristezas, tus apegos, tus encuentros y desencuentros, aquello que consideras valido para ti, no significa nada en el espacio ni para el universo. Las bases de tu construcción están podridas, porque tienen piedras de rabia, de dolor, de venganza, de tristeza, has dejado fuera el amor porque te dijeron q no lo merecías, y lo has creído, ingenuamente, torpemente, has construido una imagen q no corresponde a tu ser superior, por eso estas enferma, por eso tu ser interior está atrapado y puja por salir, y la lucha te está matando. Vas a dejarle morir? Si muere tu cuerpo, él será libre, pero incompleto, porque no ha sido liberado de las cargas que le has puesto. Así que, cueste lo que cuete, deberás remover todo en tu interior. Cada sentimiento, cada momento, cada ámbito, y cada hábito, cada conexión con los que amas, y dejar y perdonarte por cada ser q se ah ido y te has sentido traicionada, no hay traición en quién se va, hay traición cuando crees que lo hizo sin ti, por tu dependencia, por tu miedo, por tu falta de amor.

Has tornado tu ser en un remolino que destruye, mas no construye. Ha llegado el momento, entre que tu ser superior lleva a tu águila dorada a su nido para que sacando su corazón lo vuelva a fundir y el tiempo q deberás dedicar a tumbar todo dentro de ti. Una implosión es necesaria y urge. No puede quedar nada intacto, y luego remover los escombros. Como el castillo del fondo del mar, al que Tiara, el delfín te llevó hace meses. Allí, podrás volver, pero termina de destruir. No puedes seguir construyendo falsamente sobre cimientos débiles, con dudas, por cumplir, por satisfacer a otros, por hacer un papel en un teatro que no te corresponde.
Solo puedes protagonizar tu propia historia y ser parte de ti misma, si dejas libre el espacio interior para que la conexión final entre el superior y tu escenas de den libremente, sin ataduras, hiladas por el amor incondicional y eterno que rige el universo. Ni la sabiduría de tantos estudios, de tantas habilidades te sirve ahora. Abrir cada resquicio de tu ser, así duela, debe ser AHORA.

Toma mi mirada, fija, sin parpadear, con la capacidad de ver todo, sin dejar un resquicio sin analizar, y limpia, toma el fuego dorado de tu base y con él ilumina tu interior, debe quedar vacio, pero este vacio no es soledad, es creación, no es muerte, es vida, hazlo, sin importar lo que duela, porque cada lágrima es y ha sido, para libre tu alma de estas pesadas cargas que te has impuesto solo por cumplir el papel q los demás te dicen y tu has aceptado creyendo q es lo adecuado. Te matas d esta manera y asesinas a tu ser interior. Asesinas y acusas de asesino a otro? Has permitido y has dejado que cada uno de los q han llegado a tu vida, anule una parte de ti, tomen de ti libremente lo que das, lo que eres y lo que vales, y no dejas nada a cambio para ti. Por eso duele la soledad que vives, por eso rompes a llorar ante el silencio, y no escuchas a tu interior diciéndote que debes ingresar ahora, ya, a ti misma.
Si deseas volar de nuevo, debes hacerlo sin lastres, sin miedos, sin dudas, saca tus cimientos fuera, desecha todo, recompone, reconstruye, transmuta y entonces podrás fundirte con tu fénix en un solo ser, donde todo será maravilloso y encontrar finalmente el estado al que anhelas llegar. Terminará tu viaje de siglos buscando entre arcadas, casa, hechiceros, ires y venires, aprendizajes y muertes, no has aprendido, pero ahora, conscientemente, debes hacerlo, de lo contario, una vez más, te has fallado a ti misma.

Los demás han cumplido su papel, su parte en el teatro, han jugado su juego, y tú... no has asumido lo que te toca, has dejado de ser por ser lo que no eres, cómo vas a saber cual es tu rostro? Tu mirada? Tu piel? Sino te reconoces al mirarte al espejo? Cada vez q te miras y dices... no soy yo... es porque no sabes ni quien eres, así que mira adentro.

Toma mi mirada, que está siempre dispuesta para ti. Toma mis alas, para abrigarte y llevarte con mi vuelo silente a cada rincón. Vamos a despejar juntos este interior lleno de basura, de conocimientos fatuos, de elementos extraños y siembras estériles, vamos a crear, a recrear, a volver a darle espacio a la fe y a la vida, a morir y a renacer. Juntos, y así, podrás volver a mirar el mundo con tus ojos sin dolor, sin que ardan, y podrás escuchar los mensajes.

domingo, 29 de marzo de 2009

El camino sin sueños

Caminar por la senda trazada
En una dirección encontrada
En un sueño de amor perfecto
Donde la vida prometía ser eterna
Era la magia del sueño realizado

Pero, resulta frágil la realidad
El futuro es incierto
Los sueños se rompen pronto
Y el despertar es cruento.

El camino se torna incierto
Lastima la piel que ha quedado desnuda,
Y el alma se siente deambular
Entre zarzales y peñascos.

La vereda se abre en dos direcciones
Una por la cuál deberás andar,
Y la otra, por la cual añoras transitar.
La primera, el deber,
No admite sueños, ni ilusiones,
ni da acogida a falsas esperanzas,
requiere de todas las fuerzas
para seguir adelante.
La segunda,
Es sutil, y allí el alma y la mente divagan,
Pero no es posible, no existe,
No es tangible
Y cuando caminamos por ella
Creyendo que es la verdadera,
Caemos en un vacío
De silencio y soledad.
Es mejor tener los pies en tierra firme
Que el corazón
Con alas y volando sin dirección
Ni rumbo definidos.

Tus ojos

Como dos luceros al amanecer
Tus ojos iluminaron mi oscuridad;
Con su dulce brillo,
Llenaron el vacío de mi soledad
Con sus tintes de miel verde
Sembraron esperanza en mi alma desolada.

Tus ojos,
Que me miraban a través de la distancia,
Llenaban cada abismo que nos separaba.
Esa forma de mirarme,
De seducirme y de abrazarme sin tocarme,
Iban sembrando en mi maltrecho corazón
El más grande amor que jamás había sentido

Tu mirada,
La dulzura de su color,
Animaban cada día a mi alma adormecida;
Cada momento iba germinando ese sentimiento
Y cada vez que volvía a encontrarme en tus ojos
Me encontraba inmersa en un mar de paz y descanso.

Pero, nunca supe porqué,
ni cómo ni cuando esa mirada cambió
Se endureció, el brillo se apagó.
La pasión y el calor que prometían
En frío cortante se volvió,
En dos espadas cuyas filosas hojas
Están forjadas con el más helado acero
El destino transformó tus ojos amoros
Y cortaron de un solo tajo
El lazo entre los dos.

Ni el tiempo, ni el silencio, ni la luna ni las estrellas
Logran opacar mis sentimientos,
Y mi corazón late sin encontrar remedio
Al inmenso dolor y al agobio que quedó
que acompañan hoy mi camino.

En vez de ir acompañada de tu mano
Solo siento el viento, el cansancio y la tristeza.

En la alborada de mi otoño
Espero que al despuntar el alba,
Mi alma se vuelva a adormecer,
Y mi corazón deje de sentir.

Confío en que el tiempo
Traiga la paz y sane mis heridas
y en la próxima vida
quizás, pueda volver a encontrar
tu mirada al atardecer.


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Ojos así... Shakira
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jueves, 30 de octubre de 2008

El lazo


Voy camino a la montaña, voy a caminar, a subir, a escalar, alisto mis alijos, algo de comer, bebida, buenas botas, ropa cómoda, mi radio, audífonos, mis cds preferidos, mi libreta de dibujo, mis lápices, sombrero, y emprendo el camino, pero todo se me desliza de las manos, voy liada. Hum. Regreso, comienzo a escarbar en las cajas de la cochera, y encuentro un viejo lazo, algo sucio y de bordes algo raídos, pero se ve firme, y bueno, ato todo con el y funciona, un cómodo paquete a la espalda, las manos libres. Voy contenta. De nuevo emprendo el camino.

Me siento libre del peso, voy llegando al bosquesillo cercano a casa, ahí hay suaves arbustos, no muy densos, se ve el sol, y el pie de la montaña. Es un camino fácil, le he recorrido varias veces en mi vida, desde niña, caminando despacio, voy buscando los viejos árboles que me sirven de guía, de ruta, para llegar a mi rincón favorito a meditar, a escuchar mi música y a dibujar, a solas con la magia de la naturaleza.

Todo es normal, todo va asegurado con el viejo lazo, confío en mis nudos, en mis ataduras, sonrío. Llego a la falda de la montaña sin dificultad, me detengo a observar, y veo algunos cambios, faltan arbustos, las viejas matas de moras están algo secas, hace tiempo no llueve, no hay las jugosas vallas para merendar, hum, me detengo a cubrir sus peladas raíces, parece que el viento las ha ido destapando y se ha llevado con él la humedad que la mantenía, así q cubro con tierra, apilo algunas rocas pequeñas, a modo de protección, espero que en mi próxima subida, la vieja enredadera tenga sus rojos frutos listos para deleitarme.

Voy subiendo algo apesadumbrada, pensando en tantas veces que degusté sentada el producto de ese viejo matorral, de enroscadas y puosas ramas, pero siempre generosa.

De pronto, resbalo, y no se por donde caigo, solo se que voy dando tumbos. Me detengo en el filo del risco, algo me retiene, el viejo lazo, se ha engarzado en unas viejas y sobresalientes raíces y me sostiene firmemente. Uf, que alivio, de nuevo digo, menos mal mis nudos están bien atados. Con lentitud, voy retrocediendo para no soltarme del lazo, y me agarro a las raíces, hasta liberarme y veo que no podré fácilmente. Entonces me siento a pensar, tomo el paquete de mi espalda y con lentitud, tomo la botella de agua, bebo pequeños sorbos, tratando de pensar al tiempo en como subir de nuevo a la falda de la montaña y regresar a casa.

Entonces voy viendo sin casi notarlo el lazo, el viejo lazo, y comienzo a observarlo. Parece un solo cordón, pero no, son cientos , miles de cordoncillos entremezclados formando una firme cuerda, trenzada sobre sí misma una y otra vuelta, y se resiste a moverse de su lugar. Así pasa el tiempo casi sin ver que se acerca el crepúsculo.
El lazo, el viejo lazo ahora me hace notar, cuantas veces creí que sola podría hacerlo todo, que no necesitaba de nadie, de nada, que yo podía valerme sin el apoyo de nadie. Tomo una pequeña fibra suelta y en mis manos se deshace, se rompe, no resiste ni el mas menor tirón. Pero tomo el lazo, y trato de retorcerlo, de deshacerlo, y nada, solo logro lastimarme las manos, así que voy viendo, entendiendo que el lazo es más fuerte que yo, porque el depende de que todas sus fibras estén fuertemente entorchadas en sí mismas y entreveradas una a la otra y así algunas se suelten, todo el lazo resiste las tensiones. Desato los nudos que tan hábil y minuciosamente hice, y con calma, sabiendo que deposito mi vida en el viejo lazo, lo ato a mi cintura, y anudo de nuevo a la vieja raíz con firmeza. Veo hacia abajo del risco, por la vieja pendiente de rocas, es un corto trecho, unos pocos metros, los suficientes para salir de la montaña sobre el anochecer.

Sin titubear comienzo a descender, me voy afianzando en el terreno, sabiendo que si me descuelgo, el lazo me sostendrá. No se cuanto tiempo me toma, bajo, lenta pero firmemente, y llego a terreno seguro. Ya el sol se oculta pintando el cielo con sus arreboles rojizos y tornazulados, con esa luz ceniza y brillante que parece envolverlo todo de misterio antes de sumir en la oscuridad y dejar a la luna jugar con las sombras y el silencio. Pero me doy cuenta, que no puedo regresar ni por mis cosas, ni por el lazo, así que lo desato. Debo dejarlo, allí, colgado, al viento, sabiendo que a la interperie será su fín en cuestión de unos días.

Observo por última vez su textura, miro hacia arriba, el lazo me ha salvado la vida. Cómo unas pocas fibras entrelazadas con tal firmeza pueden hacer tanto, cuando sueltas no resisten nada? Pues ese es su truco, ese es su secreto, estar unidas, una a otra, tan firmemente que no se sabe donde comienzan ni donde terminan.

De regreso a casa, en la penumbra de la tibia noche, voy pensando, yo, tan prepotente en la vida, tan dura, tan seca, tan orgullosa, dejé confiada mi vida en un viejo cordel que estuvo abandonado en la cochera por no se cuanto tiempo. Y ahora, de nuevo abandonado, pero ahora sé que llevo la sensación, que si quiero vivir sin dolor, debo formar la alianza con los demás para salir airosa de las situaciones de peligro, al hacerlo, entonces podré seguir el camino, sin titubear, si confío en el lazo que haga con los demás, podré salir adelante, y caminar libre, sin miedos, sin temores. Y todo, me lo enseñó un viejo lazo.

El halcón herido


No tendría yo mas de 11 o 12 años, no recuerdo ya. El momento se diluye un poco en el tiempo, pero la experiencia vivida no. Estaba interna en un pueblo de Antioquia (Colombia) en el departamento de donde era mi padre, él ya había muerto hacia un par de años, y allí estaba yo, por juiciosa y obediente. Cuando no estaba en clases, o castigada.... injustamente claro, me la pasaba entre mis animalitos, las monjas contaban con muchos, vacas, terneros, conejos, gatos, cerdos, pollos, peces, canarios, tucanes, perros y de todos ellos yo era su cuidandera, me daban la tarea de llevarles la comida, asear sus jaulas, y eso me encantaba, me sentía felíz con ellos, como me recibían cuando me veían, saltaban, se me atravesaban entre las piernas, o subían a mis hombros; tenía un conejito que crié siendo gazapo, su madre lo rechazó y yo lo crié, así que apenas me veía entrar, salía de la jaula y trepaba a mis hombros y allí se quedaba. A veces luego de terminar, entrando ya la noche, me iba al bosquecito de enormes pinos y eucaliptos, era pequeño, pero para mí era un lugar mágico, comenzaban a destellar los cocuyos (luciérnagas) y mi juego era perseguirlos, jamás logré atrapar ninguno.

Me encantaba sentarse sobre las raíces de un viejo pino, que formaban un pequeño nido donde me resguardaba del frío de Santa Rosa de Osos, un pueblo más alto que Bogotá, frío, inclemente, pero a esa hora, sobre las 6:30 p.m. se llenaba de una suave bruma color carmesí, que me llenaba de vida, me encantaba estaba estar allí en esas horas, a veces llevaba una ruana (manta típica nuestra) y me abrigaba bien.

A esas horas comenzaban los pajaritos a resguardarse en sus nidos, veía cardenales, petirrojos, y muchos que nunca supe sus nombres llegar a sus nidos, subir alto, les tenía nombre a cada uno, ya no los recuerdo. Esperaba con ansias a un viejo búho que se posaba en una rama cercana, parecía que nos pusieramos una cita cada tarde, nunca faltaba, y no se iba al verme; teníamos un silencioso diálogo de solo miradas, quizás por eso me identifico con un búho. Pensaba mucho y sentía muchas preguntas sin respuestas, a veces lloraba allí por mucho rato. Hasta que la noche, era tan densa y fría que debía volver, a cenar y a estudiar.

Una tarde cualquiera, un fin de semana, temprano en la tarde, luego de revisar todos mis animalitos, me fui al bosque y como siempre me recosté, y llevaba las migajas de pan que solía llevarles a los pajaritos. De pronto, escuché un fuerte y lastimero chillido, era un grito de dolor prácticamente, lo busqué y entre la hojarasca encontré un halconcito herido. Me miró con desesperación, le dije, tranquilo, no te voy a hacer daño, cuidaré de ti. Se dejó tomar con cuidado, no movió su afilado pico y sus garras las dejó quietas, le envolví en mi ruana, hacía frío, temblaba, y me fui a la cocina. Allí, había una enorme estufa que se mantenía caliente siempre. Me senté en el suelo tibio y comencé a mirar que le pasaba al halconcito. Me miró y hundió su pico en mi regazo con un fuere suspiro, y cerró sus ojitos, sentía su corazón latir muy rápido. El capatáz llegó y le revisó, le habían disparado un perdigón de sal húmeda, para tumbarlo, era un “deporte” en el pueblo, tumbar los pajaritos así, me dio mucha rabia, pobre, estaba lastimada su colita, pero había alcanzado a volar lo suficiente para llegar al bosque. Con un trapito seco le fui removiendo la sal, luego le pasé un poco de aceite de cocina para restablecer la forma de sus plumitas, él se dejó hacer todo, no se movía, pasé no se cuantas horas en ello, limpiándolo, pluma por pluma, revisé sus alas, le dí de beber agua con un gotero, y todo lo aceptaba, luego se durmió en mis brazos, y yo, le consentía su cabecita, su suave y hermoso plumaje. Me sentía que el mundo no existía a mi alrededor. No merendé esa tarde, no podía, estaba cuidando a mi halconcito. Entrando la noche, comenzó a moverse, tomé sus patitas y extendí sus alas, salimos cerca del bosque, y él iba aleteando, cada vez con mas fuerza, pero aún le faltaban.

Llegamos al bosque, y allí lo intentó de nuevo, extendió las plumas de su cola en un perfecto abanico, de pronto, se voltió y me miró, largo rato y yo lo miré, algo que jamás olvidaré. Y remontó el vuelo, llegó a la rama más próxima y de nuevo me miró fijamente, y se fue, nunca más le volví a ver, pero llevo en mi alma su recuerdo.

Muchas veces pienso en él, en este animalito, un halcón, con garras poderosas, un pico capaz de desgarrar con el filo de una navaja, y no me hizo ni el menor rasguño. ¿Cómo sabía que solo quería ayudarle? Nunca lo sabré, solo sé, que fue una de las más bellas experiencia de mi infancia.

domingo, 19 de octubre de 2008

Junto al Río

Algunas tardes de domingo, en aquellos meses calurosos en Antioquia, las monjitas preparaban un “paseo de Río”. El plan, ir al Río Grande, en un pueblo llamado EntreRios, ubicado en Antioquia, precisamente en la confluencia de dos Ríos, allí, había un lugar muy sabroso para pasear, con una pequeña playa y donde nadar, jugar, y cocinar.

Bien temprano, al despuntar el alba, preparábamos todo, los fondos, ollas muy grandes, me encantaba pararme al lado, era del mismo tamaño ¡¡¡ Alistábamos alijos con cuchillos, platos, y otras ollas, trajes de baño, y a caminar, sin nada más. Era bastante lejos, pero andando, siempre encontrábamos algún camión viejo que nos llevaba lo más cerca posible, y al llegar al pueblo, de finca en finca, de casa en casa íbamos llenando la olla: papas, plátanos verdes, cebollas, tomates, ajos, yerbas de adobo, achiote, zanahorias, yuca, y gallinas.... había, eso sí, que corretearlas primero, hasta darles buen alcance y llevarlas bajo el brazo, de eso me encargaba yo. De llevarlas, abrazadas.

Ya hacia media mañana llegábamos a la playita, había un viejo árbol cuyas ramas muy largas y gruesas, servían de refugio, allí armábamos toldo donde cambiarnos para meternos en el muy pero muy frío río. En ese entonces, pues con 10 o 12 años, no me importaba. El placer de entrar en el agua fría, corriente, y dejarse llevar flotando por el río abajo un buen trecho, hasta un recodo, allí salía y corría por el prado de nuevo al punto del árbol, y de nuevo, a dejarme llevar, así por un par de horas. Nunca aprendí a nadar, solo a flotar, pero la sensación de sentir el agua corriendo sobre mí, era inigualable.

Mientras, las otras internas jugaban con neumáticos, balones y nadaban de un lado a otro. Se ponía un destartalado radio de pilas con música de carrilera, típica de esta región, música de cantina, de despecho, pero era fabulosa en estas mañanas soleadas. Pronto se sentía el olor del cocido en las grandes ollas, ya habían despachado las gallinas, pelado todo el recado, y el puchero hervía y llenaba el ambiente de un delicioso olor que prometía el mejor de los cocidos al medio día.

En otra olla, hervía café de olla, vieja receta, que no podía faltar en estos paseos, agua de panela, canela, clavo de olor, sidrón, menta, café y un tizón para asentar el cuncho del café, y claro una buena dosis de aguardiente o ron, lo que se hubiese conseguido.

Salía del agua absolutamente helada, tiritando como hoja al viento, y entumida, con la brisa fría y fuerte del lugar, pero llena de esa sensación de vitalidad que solo la naturaleza deja, me cambiaba y me sentaba frente a la enorme fogata, a tomarme una taza de café, humeante, aromático, y que me calentaba como si me tomara el fuego mismo.

Luego ayudaba ha preparar el guiso, picaba la cebolla, ajos, tomates, y aliñaba, y ponía a cocerlo en los tizones rojos, hasta tomar el color brillante y vigoroso. Listo para servir el caldero rugía al fuego vivo, acomodaba las brazas, metía mas leña, la ceniza lo envolvía todo, y aliñaba el caldo.

Se comenzaba a servir, yo tomaba mi plato rebosante, el hambre era tremenda, y aún empapada, buscaba un rinconcito entre las raíces del árbol cerca del fuego, allí comenzaba a deleitar mi comida. Veía pasar el río, el sonido de las fuertes y caudalosas aguas opacaban la música, llegaban de sabrá Dios donde, perros, que se esperaban pacientemente los huesos y sobrados de la gran merienda. Apurabamos todo el caldero, yo repetía, sobre todo caldo con arroz y mucho guiso, luego, pues daba sueño, y era muy placentero dormir cerca de los rescoldos aún humeantes. El reto del grupo regresaba al río, pero en la tarde, el agua era más fría y ya no me me gustaba, además crecía, y me daba temor. Así que me quedaba cerca del fuego, a ver el paisaje, hasta que el sueño me embargaba y el rumor del río me adormecía. Ya cuando comenzaba a caer la tarde, recogíamos todo.

Marchábamos con los primeros arreboles en el cielo, el olor del humo aún en el ambiente, el cansancio del día, pero el alma refrescada, y caminando lentamente hacia la carretera con los trastos vacíos. Íbamos por la orilla de la vía, yo mirando embelesada los colores dibujarse en el cielo, en el horizonte ver salir las estrellas y en el ocaso el sol jugar con las nubes y con pinceladas de colores violetas, índigos, rojizos y algún destello dorado algo tardío. Si teníamos suerte, pasaba algún camión y nos recogía, pero a veces nada. Esperábamos en algún lugar de la carretera, en una manga, a la espera de algún vehículo. El cielo se volvía negro, tachonado de estrellas, la luna, si la había, según la época la veía jugar también con las estrellas, esconderse entre las nubes a iluminarlas como linterna y formar figuras en las sombras. Escuchar los ruidos de la noche, grillos, ranas, búhos, algún gallo despistado de alguna finca cercana, y un muy disimulado rumor de hojas y el río lejano. La noche se llenaba de misterios, de una oscuridad absoluta, que solo se rompía con los destellos fugaces de las luciérnagas que parecían chispas escapadas de la fogata. Finalmente pasaba algún coche que nos llevada de vuelta a Santa Rosa, y allí llegar aletargadas al colegio, a dejar los trastes en la cocina y a caminar pesadamente a la cama, a dormir, con esa suave sensación del agua recorriendo mi cuerpo y flotar a una inmensidad desconocida en la que perdía inconscientemente, y al día siguiente, comenzar la semana escolar, añorando el próximo paseo al río.

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