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sábado, 3 de septiembre de 2011

La última tormenta




En la vida vamos viviendo muchos momentos difíciles. Por costumbre, contamos las tormentas que llegan, pues su incidencia es tan fuerte, que su paso deja escombros y todo revuelto,  no recogemos ni limpiamos el área, lo que hace que la siguiente tormenta levanta aún más revuelo. 

Generalmente ignoramos las señales, pues estamos concentrados en otras cosas menos importantes y aquellos signos que predicen la tormenta, los pasamos por alto.

Hace poco, en medio de un paseo mágico, a la llegada de El Refugio, lugar de ensueño en las laderas de la cordillera central, rincón clima tibio, brisa fresca, aroma a montañas, rodeado de palmeras, plantas y flores de vivos colores, en medio del trinar de los pajarillos y el bullicio del reencuentro de amigas de antaño, mi vista se posó en el horizonte donde las montañas dibujaban su silueta entre nubes, rayos de sol y un cielo azulado. 

El viento me trajo un olor conocido: a tormenta, al divisar las nubes, de un gris azulado intenso, pude observar cómo se veía el aguacero intenso caer desde las nubes y el frente de la tormenta se dibujaba con brillos blanquecinos, pequeños trozos gris pizarra se desprendían a la velocidad con que avanzaba hacia nosotras, y los rayos y truenos comenzaban a anunciar su cercanía, brillos que mostraban siluetas suaves, pero densas.

Esta tormenta presentaba características diferentes a las que estoy acostumbrada a ver en la ciudad: el mismo hecho de estar en medio de estas montañas, lejos de edificios, ruido de carros y calles, hacía que ya fuera especial.  La brisa fría pero refrescante, el brillo intenso del cielo, lleno de esas pequeñas chispas de luz que hacen que no se pueda mirar al horizonte  sin cerrar los ojos un momento.   








Avanzaba a gran velocidad y ya casi sobre la falda de la montaña, se perdió la vista y solo se observaba ese espectáculo de nubes danzantes, entre blancos y grises, azul cenizo que con el fulgor de los truenos, anunciaba su pronta llegada.  Entre risas y carreras, las grandes gotas de lluvia nos hicieron entrar  a la casa.  


 El refugio como bien lo dice su nombre, se volvió un bullicio de voces cantando, contando anécdotas de juventud, el olor a café recién hecho, hacía que por momentos distrajera mi atención del espectáculo que la naturaleza me ofrecía afuera.  Me asomé al balcón y desde el barandal podía observar cómo se descargaba con toda intensidad el agua a nuestro alrededor.  Sonaba el tejado como una batería armónica y constante, un ritmo que solo la lluvia sabe tocar.  En el canal, se deslizaba el agua y caía en un sonoro chorro sobre el borde de la casa y cuando más fuerte parecía que llovía, más claras se tornaban las nubes. 


Del mismo modo en que se formó, se disipó. La diferencia, fue la claridad que quedó al final. Comenzaron a subir de entre las montañas, nubes blancas, suaves, como copos de algodón. El pasto olía a fresco, de las ramas de los árboles aún caían las cristalinas gotas y los pajarillos trinaban a voz en cuello con todas sus fuerzas.  Todo tenía un nuevo brillo, el ocaso comenzó con una tarde limpia, un cielo donde las nubes comenzaron a danzar en grupos como si los ángeles hubiesen bajado a jugar con ellas y a formar figuras graciosas.
 
Los truenos dieron paso al trino de las mirlas, al chirrido de los grillos y al croar de las ranitas, y en medio de esta danza, el sol se ocultó mientras dibujaba sus anaranjados y dorados tonos arreboles rojizos entre las nubes.   Las estrellas comenzaron a brillar tenues, tímidas y un viento frío, me hizo refugiarme en el interior de la casa.  

Allí, el calor provenía no de una chimenea, sino de la amistad.  Comenzamos a contar nuestras historias, y cada una, iba contando cómo fueron estos últimos años de aprendizaje, alegrías, tristezas y añoranzas.  Lecciones de vida sin duda alguna, vividas con muchas diferencias y semejanzas. 

En medio de tantas experiencias, surgieron testimonios del infinito amor de Dios en cada una y fueron sacudiendo en mi interior todo el dolor acumulado por años. Se presentó entonces, mi propia tormenta y al igual que la que había fotografiado, las nubes negras comenzaron a chocar, a moverse y a descargar entre lágrimas y palabras entrecortadas, todas esas situaciones represadas.  Sentir a mis amigas, como las montañas imbatibles a mí alrededor, como las ramas de los árboles que se mecían suavemente para rozarme y hacerme sentir que a pesar de la tormenta, estaban allí y nada las alejaría.  Finalmente, comenzó a salir esa luz que tanto buscaba en otros lugares, y que siempre estuvo allí, en mi corazón, de la mano de la Madre Auxiliadora y de ese Padre que amoroso siempre se hizo sentir y esa tarde, más que nunca. 
 
Al igual que en la tarde el sol iluminó el panorama haciéndome observar muchos detalles maravillosos, comencé a observar entonces entre las palabras de mis amigas, esos mismos destellos de que Dios obra con sutilezas, palabras, risas, abrazos y encontré en las manos y consejos sinceros, la fuerza para dejar que la tormenta finalmente limpiara mi alma de todo lo que le oprimía.  Despejar el espacio y dejarlo inundar de la palabra divina, hizo que el miedo al vacío que siempre me doblegó, se tornara en confianza, ya que entendí que jamás se estará vacía porque simplemente, Dios está allí. 

Gracias a esta última, especial y fuerte tormenta, puedo decir que he renacido de entre los nubarrones, y comienzo a ver a la distancia con claridad.   Gracias a mis amigas, a mis compañeras de juventud,  a Dios, a María Auxiliadora, por la gracia de formar parte de una comunidad sólida, sincera, por un día más para aprender a vivir y sonreír. Por las experiencias vividas y las lecciones aprendidas y con la certeza, que cuando llegue la próxima tormenta, estaré lista para dejar que la lluvia despeje el lugar de aquello que no debe estar.   


Ana Cris, 20/08/2011

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