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sábado, 25 de junio de 2011

Momentos inesperados

Hace unos días fui al colegio de mis hijos a recibir los informes de final de bimestre. El lugar es muy amplio, está en una zona verde muy grande, y procuran tener muchas plantas, flores, árboles y propenden mucho en los niños el cuidado de la naturaleza.


Recién entré al salón, conversaba con la maestra y vi a un gorrioncillo entrar silenciosamente, y a su lado, un poco distante, y por lo visto, muy distraida: una libélula.  Ella voló rauda a la ventana pero esta no tiene aberturas, es solo el vidrio traslúcido. Comenzó a golpear ligeramente buscando una salida, y vi entonces al pajarito acercarse con cuidado quedarse quieto y observar.


En cuestión de unas fracciones de segundo, saltó ágilmente sobre el insecto en vuelo  y le inmovilizó de inmediato desde el abdómen.  Veía con claridad sus alas brillantes y su cuerpo quedó sin movimiento en el acto. El pajarito mostraba su esfuerzo por sostener su presa, casi tan grande como él.  De dos saltos más, haciendo pausas sobre las vigas, atravesó el salón y salió por el mismo pequeño resquicio entre las tejas.


Yo quedé muy asombrada por la agilidad del ave, ya que nunca había visto que atraparan un insecto tan grande, pero a la vez comentamos con la profesora, que a diario entran las aves a pillar las migas que los niños dejan caer de sus meriendas, o simplemente a refugiarse cuando la lluvia arrecía.  


Un pequeño momento distractor del tragín de los padres, ir y venir, recibiendo informes, hablando entre todos muy distraidos de los milagros y regalos que hace la naturaleza a diario en este lugar.  Otra avecilla afanada, luchaba por ingresar a su nido, una larguísima liana delgada y seca para su nido en construcción y su pareja, trataba también con gran esfuerzo, subir una corta pero gruesa ramita.


Entre el bullicio de los chicos corriendo por el lugar, los padres, los maestros, los coches, el viento se dedicaba a hacer llegar ese aroma que solo surge de los árboles y el frenesí de las aves entrando por todos lados.  Tienen sus nidos entre las ramas, entre los tejados, en los arbustos, y se han acostumbrado tanto al movimiento escolar, que pareciera que sus polluelos también asisten a clase cada día.  




Poder caminar por el pasto y ver a tu lado las palomas, torcazas, gorriones, mirlas, y mariposas de colores, sentir la brisa fresca y el sol tibio sobre la piel, es un privilegio que cada vez se hace más difícil de permitirle a nuestros hijos vivir.  La creciente demanda por colegios que reciban muchos alumnos, sacrifica las áreas verdes, el contacto con la naturaleza se hace a través de libros; la pequeña huerta que los niños de primaria tienen, vasos reciclados con semillas germinando, la pecera, una pequeña vitrina con renacuajos y ranas, y los dibujos pegados por las paredes mostrando bajo la perspectiva infantil,  sus proyectos de reciclaje, consejos y la forma en que van tomando conciencia sobre el respeto a la vida, al ambiente y a la responsabilidad que ellos tienen en cada momento, hace que estos momentos inesperados sean muy valiosos y vale la pena que ellos puedan estar allí.

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