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sábado, 18 de julio de 2009

El efecto de la tormenta

En mi alma de águila solitaria, muchas veces me pregunto el porqué de estar en constantes cambios. Solo ahora, que puedo remontar sobre las cumbres más altas, sobre las nubes, sobre el mismo cielo y ver el panorama desde lo más alto, puedo percibir entonces un horizonte diferente.

Despliego mis nuevas alas, mi nueva forma, un águila de cristal, tan duro como el diamante, tan liviano como vapor de agua, transparente como la nada. Me permite este nuevo volar sin restricciones por todo el universo y contemplar sin temor y sin ocultar nada a mi vista, el panorama.

Veo muchas tormentas, van y vienen por doquier. Unas grandes, otras más pequeñas, otras chocan entre sí… y de pronto se disipan, se calman, el viento limpia el desastre, el agua riega la nueva tierra y las nuevas semillas germinan. Pero vuelven, una y otra vez.

Bajo a un risco de una muy alta montaña, desde donde puedo observar cómo funciona una de estas tormentas: en el centro, hay calma, no hay nada, según los expertos es el ojo, allí no se mueve ni una brizna, el sol se filtra, hay paz. Pero a su alrededor, todo es agitación, turbulencias, caos, destrucción total… Entonces observo a lo lejos, hasta donde alcanza a influir esta tormenta? Pues… depende de la dirección que tome, del curso… si toca suelo, con qué se encuentre… la resistencia que se ofrezca… hay tantas variables.

De regreso a mi nido, me pongo a investigar. Las tormentas me parecen hermosas desde el aire, la forma en que las nubes se envuelven, los tonos, los bordes diluidos y el centro, oscuro, enigmático. Cómo se forman? De un modo tan sutil, tan suave… imperceptible para la mayoría, solo aquellos seres que están en constante y total sincronía con la madre naturaleza, pueden saber cuándo comienza a formarse un tornado. Entonces, callan, buscan a sus familias, y huyen raudos a ponerse a buen recaudo, lejos de donde puedan ser afectados.

El cielo está claro, sol radiante, brisa fresca, casi imperceptible, hay mucha… demasiada calma… de pronto, las aves no trinan, no vuelan, las vacas se echan, los perros y gatos salen a esconderse… las nubes lentamente comienzan a juntarse, muy claras, suaves, pero en cuestión de segundos, comienzan a llegar grandes cúmulos, y cada vez mas oscuros. El aire se enrarece, el brillo del día cambia, es casi hiriente a los ojos… suenan algunos truenos, pero en el cielo solo se observan nubarrones… sin previo aviso, se forma un pequeño tornado y comienza a bajar el pie… parece un cono de helado…. El sonido es… tan raro, son como silbidos roncos… la velocidad con que comienza a absorber las nubes a su alrededor, a ennegrecerse en la medida que recoge hojas, tierra, elementos del aire y del suelo, todo esto es apabullante. Ruge el cielo, desgarra la oscuridad un relámpago y el estruendo es aturdidor; comienza el proceso de arrasar con todo lo que halle en su camino: árboles, casas, carros, postes de luz, todo parece retorcerse ante su fuerza, se desintegra en pequeños trozos que vuelan con gran fuerza dentro de su embudo y salen disparados a cientos de metros. Estoy realmente aterrada, me siento inerme ante la devastación, solo atino a recluirme en lo más profundo de mi cueva, rogando que el viento no llegue hasta mi montaña, pero inevitablemente siento el aire, huele a dolor, a barro, hay granizo, lluvia, casi quema al caer, la roca se desmorona al contacto de estas gotas y cristales disparados con la fuerza de un arma de fuego.

Sigue su curso, impasible y arrasador. De pronto, tal como comenzó, se disipa… las nubes se disuelven, los escombros caen como lluvia por todo el valle… los últimos truenos suenan como estertores agónicos de la muerte de la tormenta, y finalmente, sale de nuevo el sol. Claro, radiante… Salgo y remonto el vuelo despacio, voy mirando hacia abajo, casi a ras del suelo, observando todo lo sucedido. Hay cosas que no se reconocen en absoluto, hay trozos de paredes, postes rotos como pajillas de madera, techos en astillas, coches retorcidos como papel viejo, aves, animales y personas heridas. Hay llanto, hay quejas, lamentos por doquier. Pero también surge un sentimiento que previo a la tormenta no se sentía: solidaridad, los sobrevivientes acuden raudos a socorrer a los heridos, con sus propios medios, comienzan a liberarlos y a trasladarlos a lugares más seguros, en espera de los medios de socorro y personal más calificado. Nadie se detiene a pensar si esta o aquella persona merece o no ayuda, solo la brindan, todos se unen por una misma causa. Entones entiendo que el caos, genera cambios, y muchas veces, estos deben ser a raíz de circunstancias destructivas, que al final, son constructoras. Hacen cambiar actitudes, formas de pensamiento, de hablar, de sentir. Entonces voy comprendiendo.

Vuelvo a mi nido, y pienso en el caos que ahora envuelven mi vida… y veo que aunque yo esté en un lugar aparentemente seguro, puede ser tan solo el ojo de mi huracán. A mi alrededor, hay mucho caos ahora, amigos discutiendo, chocando como pequeños tornados entre sí, vientos huracanados azotando mi familia, temblores sacudiendo y haciendo tambalear todo aquello construido y pensado como estable. Entonces, debo resistir? No, lo que siento, es que ahora solo debo volar por encima de todo esto, y evaluar las consecuencias y lo que va sucediendo.

Evitar que la tormenta llegue, no tiene sentido, ya está en pleno. Esperar a que pase, sí, pero alerta. Estos cambios que dejará serán fundamentales: los escombros, serán aquellos conceptos, criterios, pensamientos, sentimientos y acciones débiles, equivocados, llenos de temor, de falsas expectativas disfrazados de fortalezas, que obviamente no están en capacidad de resistir esta nueva situación. En los cambios, hay dos opciones: ser el inicio, aunque ello conlleva a generar el caos, o ser parte del caos y ser destrozado por el mismo.

Al ser orígenes, podemos controlar en algo la fuerza destructiva: al medir las palabras, las acciones, los sentimientos, si lanzamos palabras al azar, los vientos serán tan fuertes que el daño generado, tarde o temprano nos avasalla de igual modo. Podemos conscientemente enfocar el pie del embudo para remover específicamente aquellos cimientos mal construidos, y sacarlos de raíz, así aparentemente la herida sea tan honda, que no veamos cómo la vamos a cubrir. Pero al disiparse la tormenta, podremos terminar de limpiar y construir nuevamente, levantar nuevas estructuras, y recoger aquellas que han quedado obsoletas, incluyendo, que haya que sacar de nuestras vidas a personas que solo actúan como potenciadores del ciclón. No necesitamos esos elementos destructivos que nos hacen aumentar nuestra propia confusión. Merecemos construir de un modo efectivo los nuevos parámetros para seguir nuestro camino en forma armoniosa, podemos avanzar haciendo que esa luz que está en el centro, se extienda por entre, sobre y debajo de la misma tormenta, hasta que la disipe del todo y vuelva a iluminar nuestro universo.

Y si una tormenta ajena nos toca, evaluemos entonces la forma en que nos está llegando y qué cambios nos está indicando para hacerlos sin dilación. Titubear a esta altura de la vida, es ceder nuestro poder a fuerzas ajenas, al caos generalizado del mundo, y dejar de vivir nuestros propios procesos y aprender las maravillosas lecciones que tras ella trae. No podemos pedirle al centro que actúe diferente, pues no es nuestro, no escuchará ni nos verá. Solo podemos evitar que nos destroce, ya sea alejándonos, o dejándole seguir su curso sin interferir, para que no se cargue de escombros y no nos destruya en el proceso.

Siempre las tormentas son regeneradoras, alabemos pues, y demos gracias al universo, por estos momentos, difíciles, que nos ponen a prueba y nos llevan a medir los límites de nuestras fuerzas, de lo contrario, pasaríamos la vida sin aprender, sin sentir, sin progresar. Seamos cambio primero en nuestros universos interiores, para generar cambios en el exterior.

1 comentario:

isthar dijo...

Hola amiga, muy interesante como siempre. Escribes justo lo que necesito leer me hace mucho bien
Tu espacio está muy bello.
Un gran abrazo Isthar

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