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viernes, 10 de abril de 2009

(IV)

Cuando se acepta vivir, hay que hacerlo bien, sin importar cuanto tiempo tome, cada día ganado es una bendición. La lucha es muy grande, días muy duros, momentos realmente agobiantes viví, aceptar muchos errores, consecuencias, emociones reprimidas, sacarlas, y sobre todo, comenzar un proceso de perdón y asumir responsabilidades. Dejar de culpar a los demás es la base de poder salir del infierno y comenzar a escalar los abismos camino a un sitio seguro. Muchas veces el horizonte no se ve, los nubarrones regresan, pero, si se persiste, se logra pasar el obstáculo.

Esto es caminar, caerse, levantarse y seguir, siempre adelante. Muchas veces se siente que se retrocede, está bien, no hay porqué sentirse culpable cuando nos cansamos y el agobio invade el alma. Muchas veces lo he sentido, tantas, que ya ni se cuantas, pero siempre, al levantar la vista de la tierra, encuentro una mano que en silencio espera que me apoye, me ayuda a levantarme y a que siga mi camino.

La anorexia me enseñó que la aceptación solo puede provenir de mí misma, de mi interior, y nadie puede hacerlo por mí. Pueden aceptarme a mí, pero depende de mi conciliación interior el lograr salir avante. Ha sido muy duro, muy difícil. Implica derrumbar la muralla, barrer los escombros, percibir la soledad en su máxima expresión, el silencio en su mayor dimensión, el frío con toda la intensidad, hasta reencontrarme conmigo misma y reconocerme entera, tal como soy, sin exigirme más de lo que soy o puedo dar.

Cada día implica un esfuerzo y una recompensa, si exijo más de lo debido, pues vendrá la frustración y una caída nueva, pero levantarse es lo que vale.
Cada mañana trae su sol, su brisa, su lluvia, sus sinsabores y alegrías. Aprender a ver que todo lo que sucede a mi alrededor, no lo puedo controlar, pero sí aprender de ello, de cada persona, de cada momento, por difícil que parezca, vale la pena vivir y hacerlo bien. Es difícil romper el círculo del sufrimiento, pues es retroactivo, se alimenta de mis propios temores, miedos y culpas, pero solo perdonarme, amarme y liberarme, me deja seguir avanzando.

De ese modo, mi anorexia ha ido quedando en el pasado, y ha dejado de ser un monstruo que me atosigaba en la nuca con devorarme. Comenzó a ser mi maestra, a ser mi espejo, a reflejar lo que yo era y en lo que me había convertido, sin mentiras, sin ocultar nada. Era una imagen de 360 grados, por donde viera, estaba el reflejo de cada parte de mí, externa e internamente, y esto no es nada fácil de aceptar. Es un modo de morir lentamente, tan despacio que se niega que está sucediendo. Salir toma mucho más tiempo que entrar, pues de bajada, el peso de lo que va detrás empuja y acelera la caída, de subida, es el lastre que frena y obstaculiza la recuperación, por lo tanto, solo el liberarse de ese lastre, permite poder seguir avanzando.

La idea equivocada que al liberarse de culpas, dolores, miedos, queda el alma vacía, impide hacerlo con facilidad. Ese espacio vacio queda con ansias de una nueva vida, de amor, de perdón, queda libre para llenarlo con nuevas experiencias, y si estas, nuevamente son dolorosas, pues se repite el proceso. Día a día, poco a poco. El alimento del alma debe ir acorde con el del cuerpo. Si lo que se come nos hace daño, es porque no estamos comiendo lo que necesitamos. Ni con el amor debido.

Llegar a este punto ha implicado varias cosas: muchos diagnósticos médicos, para lograr determinar el daño y deterioro real que sufrió mi organismo tras 7 largos años de esta enfermedad, y tres buscando recuperarme con muchas terapias diferentes. Finalmente, el balance implica varias cosas a tratar, que están en curso, decisiones radicales sobre mi alimentación, proyecto de vida y futuro. Asumir que mi presente es mío y lo construyo yo, y que cada vez que me equivoque, tengo derecho a sentirme mal, ha hacer el duelo y a sanar, a perdonarme y a seguir. No aspiro a la perfección, me libre Dios de eso. Solo pretendo no repetir los errores. Cometo nuevos, y son cada vez, nuevas oportunidades de aprender.

En conclusión, la anorexia, falta de apetito y rechazo al alimento, es falta de amor y rechazo a sí mismo. Se cura, al ir aceptándose a sí mismo tal como se es, sin más, perdonarse, amarse, asumir que la vida vale la pena vivirla a cada minuto, que es un regalo, y tener la oportunidad de vivir una experiencia tan radical, tan fuerte, es un regalo de vida, para aprender a caminar con más firmeza, a gozar los pequeños milagros y detalles diarios, que la perfección no existe, el cuerpo que tenemos es perfecto, sea como sea, y es el vehículo para vivir de la mejor manera posible. Alimentar nuestra alma, corazón y cuerpo, debe ser un placer, no una obligación, y se puede lograr. Cada experiencia difícil puede ser convertida en un aprendizaje, no una derrota.

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