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lunes, 1 de diciembre de 2008

Algo se ha roto

Llueve, es pasada la media noche, las nubes ocultan el hilo de luz que es la luna hoy, algunas pocas estrellas se ven entre los pequeños resquicios de la oscuridad. Las sombras, juegan con las formas que la noche oculta. Las farolas de la calle, iluminan las gotas de agua que caen sin cesar, pero sin ruido, parece que ellas no desean ser escuchadas.

Tomo un sorbo de té caliente, y sostengo la taza entre mis manos temblorosas. Las lágrimas que silenciosas escapan de mis ojos, me hacen sentir que aún estoy viva, pero que duele, que duele estarlo. Algo se ha roto. Se oye el crepitar de algo que se resquebraja, parecieran mil copas de cristal caer al suelo, lentamente, pero es solo una, y cae irremediablemente.

Está vacía, pero aún mantiene algo de aroma, de sabor, de ese fino licor que contenía y que fue bebido, el recuerdo de un momento, una canción, una caricia, una palabra de amor, una sonrisa, una lágrima; cada borde está formado en el más fino fuego, templado con la firmeza que dá la confianza en la mano que sostiene la vara y le da forma, al ir soplando suavemente hasta que el candente vidrio toma forma, y se hace una burbuja brillante, transparente, sonora. Se deja moldear, se deja acomodar a lo que el artesano desea y solo él en su corazón sabe cómo ha deseado esa copa.

El fuego, se mantuvo ardiendo con cada encuentro, se afianzó con cada desencuentro, se hizo magestuoso, vibrante, capaz de disolver las mas grandes resistencias. El tiempo no se atrevía ni siquiera a intervenir, para que la maravilla que ocurría, pudiese seguir adelante. El espacio no existía, ese empalme entre la ardorosa flama y el vidrio, generaban por sí mismos su propio tiempo, espacio, distancia, y vivían en un solo momento. El movimiento que se generaba al rozar el borde de la copa al calor, daban esos brillos que refulgían en la noche y hacían que la oscuridad desapareciera. En esos mágicos momentos, el alma no sentía frío.

Pero, una noche cualquiera, la copa se quebró, cayó al suelo y sin que el artesano alcanzara a tomarla entre sus manos, se hizo trizas.

Ahora, él, contempla desconcertado los trozos brillantes, cada uno refleja las llamas que aún arden esperando ansiosas por él, para abrazarlo, para acariciarlo, para susurrarle al oído cuánto le extraña, y qué perfecta pareja formaban.

Algo se ha roto, y las razones por las cuales la copa se quebró, no las conoce nadie, ni el artesano que entre sus manos forjaba este sueño, ni la hoguera que alimentaba con su pasión la forma que surgía de la arena candente.

Ahora, solo hace frío, llueve afuera, las nubes ocultan el brillo de la luna, el tiempo pasa, lento, pausado, marcando cada segundo, cada instante, hoy, borrando el ayer, siguiendo el ritmo del corazón, que late cansado, dolido, y aunque algo se ha roto, aún espero, que el artesano, encuentre un motivo, para volver a forjar una nueva copa.

1 comentario:

Arann dijo...

Si el objetivo era transmitir, puedo asegurar que lo he sentido, he podido comprender este sentimiento, el suceso, trasladándolo a propias experiencias...
Magistral descripción.

Me atrevo a decir, que el proceso de reconstrucción de la copa ya no debe hacerse fuera... ahí es dónde reside la trampa...que debe reconstruirse el interior, ese lugar silencioso donde podemos ser Reyes...reyes del Reino de los Cielos, dentro, muy adentro.
Cada dolor externo es una oportunidad de reconstruir dentro, no sujetarse más a lo que ocurra fuera para estar bien....
Luego, uno puede compartir, amar o no, pero el fondo del océano personal no se mueve... apenas unas holas en la parte exterior....

Gracias Ana

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