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martes, 25 de noviembre de 2008

El mar de lágrimas


Cada palabra que mi corazón no dice
se convierte en una lágrima,
cada caricia que mis manos no dan,
se convierte en una lágrima,
cada mirada perdida en el vacío infinito,
se convierte en una lágrima

Cada lágrima que cae
lleva el trozo de mi alma que duele,
cada lágrima está formada con mi dolor y mi amor,
el calor que quema mi piel la hace fluir sin resistencia,
la sal que hace arder mis heridas,
el agua que limpia,
y la tibieza que me recuerda que aún estoy viva.

Cada lágrima ha ido a alimentar el mar,
aquel donde una vez soñamos navegar
donde nuestros barcos se dirigían a puerto seguro,
aquel cuyas aguas de un azul profundo
sostenían nuestras esperanzas y proyectos.

Ahora, las corrientes nos han alejado,
ocultas, mas fuertes que mi voluntad,
arrastrando tu barco tan lejos de mí,
que ya no alcanzo a verte en el horizonte.

Ahora, cada lágrima se convierte en un trazo,
para poder transmutar el dolor,
para no seguir preguntando a la razón
si es posible comprender lo que pasó.

Ahora, cada momento toma el color sepia del pasado,
y entra al baúl de los recuerdos,
aquellos, que con su magia y moviento,
harán que finalmente
mi barco tome un nuevo rumbo.

Las lágrimas que han alimentado este mar,
son parte indisoluble del tiempo,
y con el mismo de la mano
se convierte en el aliciente
que calma el corazón.

Este mar, iluminado por la luna ya silente,
que una vez fue complaciente,
nuestra confidente, amorosa y en sigilo
con sus rayos de plata
acortaba distancias,
va llevan al fondo a reposar
en su helada tumba,
intactos, los momentos sublimes
para que nadie pueda volver a tocarlos,
a mirarlos o a dañarlos,
y así, reponiendonos de la tormenta
podamos de nuevo navegar
por las más tranquilas aguas
que Dios, de su mano,
nos ayudará a encontrar.

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