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domingo, 19 de octubre de 2008

El jardín de los 4 manzanos


EL JARDÍN DE LOS 4 MANZANOS

No hace mucho tiempo comencé a caminar, a alejarme del valle de los abismos, anduve cuesta abajo mucho trecho, llegué al fondo, conocí el infierno, pero luego comencé a subir, encontré la salida, a tumbos, a pasos lentos, y llegué. Pasé por el camino sobre los abismos y seguí adelante. Terminé en el mar de los silencios, remansos y reflexiones.

Encontré la compañía que me faltaba, encontré la voz que buscaba.

Ahora el camino es diferente, lleno de verdes valles, bosques frondosos, selvas vibrantes, mares de colores, cielos de celestes fulgores, hay tanto por descubrir, tanto por encontrar, tanto por aprender.

Ahora vamos juntos, a ratos en silencio, a ratos conversando mucho, descubrimos un mundo nuevo, un mundo que surge de nuestro interior y vamos pintando de colores. Vamos andando.

En el camino vemos un jardín, con cuatro enormes y frondosos manzanos, uno verde, uno amarillo, uno rojo y uno blanco. Están en cuatro esquinas diferentes, cada uno cargado, sus ramas se doblan de tanta fruta, enormes, brillantes, relucientes, bellas, se ven apetitosas. Hay una cálida brisa, un sol tibio, las aves trinan por doquier, las ardillas brincan con sus rojas colas y nos miran con sus ojos negros brillantes, parecen invitarnos a probar las manzanas. Pero cuál comer primero?

El dilema es escoger, a mí no me gustan las verdes, son ácidas, a ti te encantan, las rojas son secas, las amarillas dulces, las blancas frescas, así que, por donde comenzar? Vemos mariposas revolotear por las flores, tomando su néctar, cada una se posa en un árbol diferente, cada una tiene sus alas del color del manzano donde van. Porqué?, te pregunto, y tú dices, no cuestiones, solo observa y aprende. Escucha en tu interior, no cedas a tus prejuicios sobre los sabores, porqué cada manzana tiene un color y un sabor diferente, y una lección que entregar.

Vamos por la verde primero, la inquietud me embarga, es un sabor al que le temo, tomo una, pequeña, del racimo más cercano, las ramas parecen inclinarse para facilitarme tomar la fruta, hago una pequeña reverencia y agradezco al árbol su generosidad.

El sol está en el cenit, así que nos abrigamos bajo la sombra del árbol, con temor pruebo la manzana, está ácida, siento cómo arde mi boca, con dificultad la paso y comienzo a llorar. Me abrazas y me dices, por qué te ha hecho llorar? – la fruta, digo sollozando; -No,- me dices – la fruta no, porqué lloras? Que te ha hecho recordar su sabor?
Entonces me calmo, y vuelvo a morderla, esta vez no escose mis labios, pero sigue siendo ácida, vienen todos mis recuerdos dolorosos, se agolpan en mi garganta, veo su color, verde, ácido, el olor también, pero voy comiendo la fruta, y cada mordisco duele menos, voy entendiendo que si los paso con calma, sin temor, van cediendo, van pasando. Quedan las semillas en mi mano, pequeñas, brillantes, firmes, te pregunto, qué hago con ellas?

En esas semillas están las lecciones aprendidas, están las bases de tu fortaleza interior, guardarlas o desecharlas, es tu dedición- Así que las tomo en mis manos y las dejo en mi bolsillo, me cercioro de que queden al fondo. Una ardilla gris juguetea entre nuestros pies, tiene pequeñas flores enredadas en su pelambre, parece reirse, parece divertirse con nosotros, y nos lleva al manzano amarillo.

Este árbol tiene ramas fuertes, frutas redondas y olorosas, dulzonas, con un pequeño toque ácido, su color amarillo, casi como un limón maduro, pequeñas pecas asoman, son firmes. Están adheridas con firmeza a la rama, nuevamente el árbol me cede una, doy de nuevo las gracias. Muchas avecillas de colores se acercan, se quedan entre las ramas picoteando y cantando alegremente, pero observándonos.

Tomo la fruta y me siento en el prado, la tarde está en calma, el cielo azul, el viento juega a despeinar las nubes y a dibujar formas con ellas, me miras y esperas que muerda la manzana. La firmeza de su piel cede, y un agradable sabor inunda mis sentidos, huele, se siente, sabe a esperanza, tranquiliza mi alma inquieta, parece sedar mi corazón. Voy viendo los momentos en que me iba levantando de mis caídas, veo lo que fui aprendiendo y comencé entonces a entender que no había sido en vano el arduo caminar, que mis errores tenían una lección para aprender. Atesoré las semilla de este nuevo manzano en mi bolsillo, sus semillas, más grandes, más redondas, más brillantes.

Comienza la brisa a soplar un poco fría, el cielo se torna turquesa y el sol dibuja fulgores carmesí, el ocaso anuncia el final del día, la noche comienza a encender sus luces, brillantes y lejanos luceros, una luna pálida asoma entre las nubes que renuentes a irse, se quedan a espiarnos. El manzano rojo nos ofrece abrigo.

Su tronco parece brindarnos cobijo, sus ramas casi rozan el césped, allí nos acomodamos, y liebres y conejos, y ardillas y comadrejas, se enroscan en nuestros pies. No sentimos frío, los búhos vigilan la noche, y una manzana roja, brilla con la luz de luna, su piel parece de sangre, parece palpitar en mis manos. Pero es tan grande, que no puedo sola, la compartimos, le creía seca, pero está tan jugosa, tan dulce, y cada bocado compartido sabe mejor, nos reímos a carcajadas, no podemos contenernos, las lágrimas brotan de nuestros ojos, son cálidas, van arrastrando los dolores que van saliendo del corazón, nos dejan espacio en el alma para llenarlo de vida, de amor, de sentimientos y de ganas por seguir. Pero esta manzana, solo tiene dos semillas, unidas entre sí, no las podemos separar, así que ambos las cuidaremos, para que el día que debamos sembrarlas, puedan germinar, de separarlas, y cada uno guardar una parte, no podrán nacer. - El amor no nace solo, el amor se cultiva entre dos - nos dice el mochuelo escondido entre las ramas. “Cuidadle, y os acompañará toda la vida”. Nos dormimos abrazados, cansados, la luna se ríe a escondidas y así pasamos la noche.

El sol comienza a salir por el horizonte, a dibujar el día, los luceros se van, alegres, han jugado toda la noche, las nubes regresan a seguir su romance con la brisa.

Las hormigas laboriosas nos despiertan, anda, que ya es de día y hay que proseguir, nos queda la manzana blanca por probar. Vamos presurosos, qué nuevo sabor nos espera?
Tomamos una, blanca, casi transparente, su piel es suave, casi tornasolada con las gotas de rocío brillando con el sol, no oculta el color de la fruta, la mordemos con ansiedad, y nos llena de ilusiones. Es jugosa, refrescante, vivificante, se disipan los temores, y quedan sus semillas, muchas, pequeñas, se deslizan de las manos, cuidadosamente las recogemos todas, no queremos perderlas, y las compartimos.

Seguimos hasta el fondo del jardín, y vemos los cuatro majestuosos árboles dejando que el viento, el sol y las primeras luces de la alborada. Tomados de las manos miramos nuestras semillas, las del manzano verde, nos enseñan que el dolor deja lecciones para aprender. El amarillo, nos da esperanzas, nos ayuda a disipar temores y a vivir el momento. El rojo, el amor, nace de adentro y se comparte, sin egoísmos y sin prebendas, está dentro de cada uno, y su semilla crece cuando se comparte. El blanco, las ilusiones, cientos de ellas, para seguir adelante.

Salimos del jardín de los cuatro manzanos. No sabemos que nos depara el futuro y no importa, allí están esperando por nosotros cientos de caminos nuevos por andar, llevamos las semillas del pasado y caminamos en el presente. Seguros de estar juntos, y que lo que vamos cosechando y las semillas que llevamos, serán para quienes nos acompañan el tesoro que les podremos dejar.

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